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lunes, 4 de julio de 2022

Mercadillos navideños en Alsacia IV: Colmar.

Con la llegada a Colmar, a tan solo 25 minutos (18 km.) de Hunawihr, cerrábamos nuestro segundo día de periplo alsaciano. Antes de centrarnos en nuestra visita a Colmar, que hicimos un par de días más tarde, pues preferimos ver primero otros pueblecitos de la zona (como Eguisheim, Turckheim...), narraremos nuestras primeras impresiones sobre el apartamento y Colmar.

Habíamos quedado con los dueños de nuestro apartamento, Le Rohan, para recoger las llaves y meter el coche en el parking a las 19 horas y, super puntuales, en la puerta del mismo se encontraron con nosotros. El parking es público, de pago, y este señor nos puso un precio genial. Estábamos en pleno centro, pero apartados de la masa de turistas.

Nos había dado tiempo de pasar por un par de supermercados para comprar víveres. Menos mal. pretendíamos cenar en casa al menos un par de días, no solo por ahorrar, sino por evitar sacar a las niñas con el frío de noche en busca de un lugar cálido y con mesas libres, lo que parecía resultar complicado en el pueblo más turístico de la Alsacia.  

El apartamento nos encantó. Tres días magníficos nos esperaban allí. Y en un principio pensábamos que íbamos a disfrutarlo poco, con tanto callejeo planificado... pero es que el frío y la oscuridad no nos hacían desear otra cosa que un sofá y un café calentito a eso de media tarde. Y pijama, claro. Planazo.

Cuando estos señores se marcharon del apartamento tras habernos explicado mil cosas y dejado una guía hecha por ellos con lugares recomendados nos colocamos de nuevo los abrigos y salimos a dar una vuelta, pues desde la ventana del salón veíamos a muchas familias dirigirse a la pista de patinaje y al tíovivo. Bajamos, nos acercamos y... choff, cerraron. No pudimos entrar en el recinto, pero continuamos el paseo, ya que nos habíamos animado a salir. Llegamos en un par de minutos al mercado navideño gastronómico del entorno de la Colegiata y comenzó a chispear. Esperamos un rato sin tomar nada y volvimos a casa. Había sido un día muy largo.

Nos relajamos, cenamos y brindamos con el cava que los dueños nos habían dejado de regalo. ¡Detallazo de Patrick! Y además, unas cervecitas para celebrar nuestra llegada a Colmar.


Sentíamos mucha curiosidad por callejear por Colmar y descubrir esos rincones que en parte conocíamos por blogs de viaje, revistas y documentales en televisión. Mejor de día...

Después de una noche de sueño profundo reparador nos dimos un pequeño homenaje para desayunar con vistas desde el maravilloso ventanal del salón. Nos abrigamos bien, cogimos nuestra guía y nos lanzamos a ver más pueblos. Al llegar, una vuelta en el tiovivo y una cola de 45 minutos con un grado bajo cero para degustar churros y gofres... Tremendo sacrificio el que se hace por los hijos. Al menos probamos un poco. Luego, a dormir como angelitos. Teníamos que, por fin, visitar Colmar a fondo.

Elegimos bien el apartamento, pues está muy bien ubicado y todo lo que hay que visitar está a pocos minutos. Efectivamente, lo primero que fuimos a ver nos llevó solo un par de minutos.

En la Rue des Têtes encontramos la Maison des Têtes o Casa de las Cabezas, de 1608, que toma su nombre de las cabezas esculpidas en la fachada.


A pocos metros teníamos el Museo Unterlinden, ubicado en un convento de monjas dominicas del siglos XIII. Teníamos claro que con las niñas a un museo... según. Teníamos un día para ver Colmar y entrar en el museo con estas dos podía dejarnos K.O. Por ello pasamos de largo, aunque pudimos verlo por fuera.

Continuamos el paseo y llegamos a la Iglesia de los Dominicos, construida entre 1289 y 1364. No pudimos entrar, pero nos conformamos con ver el edificio por fuera. De todos modos siempre dejamos cosas sin ver para una segunda visita ¿No es buena idea? Alsacia en verano tiene que ser espectacular.


Pues nada, nos perdimos el famoso retablo de "la Virgen del Rosal" de Schongauer (1473), pero a cambio disfrutamos un buen rato en el primer mercadillo navideño del día. Las peques se montaron en una mini noria y nosotros disfrutamos igualmente viéndolas pasarlo tan bien y respirando el intenso olor a vino caliente, canela y chocolate...
Estábamos ya en la Plaza de la Catedral con la Colegiata de San Martín, del siglo XV. 


Fotos aquí y allá. Y mirando a uno u otro lado descubrimos el Corps de Garde, la antigua casa de los guardias de Colmar, de 1575.
Entramos en Rue des Marchands y... ¡masa de turistas a la vista! Estábamos en pleno centro. Guía en mano, caminando y leyendo a la vez, fuimos avanzando lentamente. Hay tantas cosas que ver...

Primero, la Casa Pfister, que el sombrerero Ludwig Scherer construyó en el siglo XVI con estilo renacentista. A continuación, el Weinhof, un almacén medieval que perteneció a las monjas del convento de Unterlinden, y la Maison zum Kragen, donde destaca la figura de un panero que lleva en una mano una vara de medir.



Continuando por la misma calle llegamos al Museo Bartholdi. Es allí donde nació el autor de la estatua de La Libertad de Nueva York. No entramos, pero nos asomamos al patio atraídos por la gran estatua alegórica “Grands soutiens du monde”. Unas fotos, un descanso y a continuar con la fría ruta.


Más adelante nos encontramos con la Maison Schongauer, del siglo XVI, donde vivió el artista del que toma su nombre, así como la calle, la Rue Schongauer. Y algo más adelante, la casa donde nació Marie Bigot, quien fue muy amiga de Beethoven y Haydn, además de maestra de profesora de música de Mendelsson.

Por fin llegamos al final de la calle y nos encontramos con la postal más típica de Colmar en el Koïfhus, almacén, mercado y centro aduanero que llegó a ser el centro económico de Colmar en los siglos XV y XVI. Subiendo la escalinata que hay en la fachada encontramos un mercado navideño de artesanía, no muy barata. Y desde el balcón de la escalinata tomamos fotos como las que habíamos visto una y otra vez en revistas o blogs... ¡Precioso!
Atravesamos el edificio y encontramos otro mercado navideño, el de la Ancienne Douanne,  y algunas atracciones infantiles en torno a la fuente Schwendi. No nos detuvimos y continuamos hacia la Plaza de Juana de Arco para ver el mercadillo navideño, repleto de productos gastronómicos. De paso, vimos la fachada de la Iglesia de San Mateo, originariamente de los franciscanos y posteriormente protestante.
Como estábamos muertos de hambre y frío pusimos Google Maps y fuimos directos al Mercado Cubierto de la Rue de la Montagne Vert. Merodeamos por el lugar y solo encontramos una mesa libre en un vietnamita. Pedimos una sopa y unos rollitos, pero pronto nos trasladamos al sitio de al lado, especializado en tartes flambées.

Saliendo por la puerta que da a Rue des Écoles nos topamos con un pequeño puente atravesando un canal. Estábamos en la famosa Rue de la Poissonnerie y no tardamos en hacernos un selfie, por supuesto. La calle, con coloridas casas de pescadores, todas decoradas por Navidad,  bien merece ser fotografiada.



Por fin recorríamos la Petite Venise, la zona más turística de Colmar, hasta llegar a otro mercadillo navideño. Nos hubiéramos quedado un buen rato, pero a media tarde la oscuridad y el frío nos lanzaban a casa...

Continuamos la ruta, ya de regreso, por Rue des Écoles, pasando por la casa de los Caballeros de San Juan, aunque pasamos tan deprisa que ni siquiera nos detuvimos a observar el edificio.

Anduvimos unos minutos hasta llegar a la Place Rapp, precisamente al lado de nuestro apartamento. Nos asomamos, por fin, a la pista de patinaje, nos montamos varias veces en el precioso tiovivo y entramos a tomar algo en el bar acogedor que hay allí al lado. Nos hubiéramos quedado a cenar, pero teníamos en casa algunos manjares esperando, así que... Nada, a diez pasos, hogar dulce hogar, con vistas a la plaza.
 

Así terminó un día larguísimo. Cogimos la cama con ganas. Al día siguiente nos esperaba nuestro Periplo por la Selva Negra, en el país vecino. Au revoir, Alsace!

jueves, 26 de diciembre de 2019

Mercadillos navideños en Alsacia: preparativos

Visitar la Alsacia ha sido durante mucho tiempo (¡muchos años!) uno de nuestros periplos más deseados, especialmente desde que escuchamos por primera vez el nombre en alguna clase de Historia en el instituto o en la facultad, por tratarse de una región que, junto a la Lorena, ha pasado por manos francesas y alemanas una y otra vez a lo largo del tiempo, como si se tratara de una pelota en un partido de tenis. Sin embargo, no solo sentíamos la curiosidad propia del historiador respecto a un lugar conocido por sucesos históricos relevantes, sino que además nos habíamos enamorado de la zona por una foto de un pueblecillo alsaciano, Colmar. Precioso en primavera y verano, pero también famoso y maravilloso por como se vive allí la Navidad.

Pasó el tiempo y viajamos a un lado y a otro, pero seguíamos sin lanzarnos a por la Alsacia, y para Navidad siempre teníamos en mente mercadillos por Europa, como los de Bruselas, Gante y Brujas, que visitamos en 2015. Pero la idea no cuajaba... ¡Hasta ahora!

Para estas navidades nos apetecía un poco de sol de invierno, pero buscando vuelos descartamos pronto esta opción por el precio de los mismos y porque además encontramos chollos para llegar a la tan anhelada Alsacia.

En un principio nos topamos con dos opciones:
1) Volar a Basilea (Suiza) con Easyjet y alquilar un coche para recorrer Alsacia y parte de la Selva Negra hasta Estrasburgo. 50 € cada trayecto aprox.
2) Volar hasta Karlsruhe-Baden Baden (Ryanair) y alquilar un coche para hacer el recorrido a la inversa sin bajar hasta Suiza, centrándonos en Alsacia y Selva Negra. 55€ cada trayecto aprox.

Los precios de los vuelos han sido muy parecidos y han ido fluctuando prácticamente a la vez, si bien nos hemos decidido finalmente por la segunda opción debido al precio y a las condiciones del alquiler de coche.

En varios blogs de viaje recomiendan coger el coche en el lado suizo del aeropuerto de Basilea (compartido con Mulhouse, en Francia, y Friburgo de Brisgovia, en Alemania), puesto que los coches incluyen ruedas de invierno. Sí, pero esa opción la hemos descartado prontísimo por el precio de los coches. Además, estas ruedas están disponibles prácticamente en todas partes, pagando o no por ellas.

Buscando y buscando comprobamos que los rent a car de Karlsruhe-Basden Baden tienen mejor precio que los de Basilea-Mulhouse-Friburgo, incluyendo ruedas de invierno, o al menos para fechas concretas. Teníamos la mirada puesta en un Volkswagen Tiguán de Sixt a muy buen precio, pero el día de recogida del coche comprobamos que estaría cerrada la oficina, así que finalmente nos hemos decantado por un Mazda CX5 de Europcar. ¡Ya os contaremos!

Una vez comprados los vuelos no hemos perdido ni un minuto. Como siempre, un vistazo a Booking y Airbnb y a buscar sitios chulos, aún sin ruta clara...

Para trazar la ruta hemos echado un vistazo a blogs de viajes y a diversas webs sobre la Alsacia y la Selva Negra. Teniendo siete días para visitar la zona y con una zona preferente (Colmar y alrededores) la ruta, tras dos semanas dándole vueltas, y en función de los alojamientos que nos han ido atrayendo, ha quedado así:

-Primer día: llegada, recogida de coche y rumbo a Obernai. De camino al primer alojamiento pasaremos por Barr, Gertwiller y Sélestat. Alojamiento en Kinztheim.
-Segundo día: Castillo de Haut-Koenigsburg, Saint-Hippolyte y Rorschwihr (de paso), Bergheim y Ribeauvillé. Alojamiento en Colmar durante tres noches.
-Tercer-cuarto días: Colmar, Hunawihr, Riquewihr, Kaysersberg, Turckheim y Eguisheim. Si nos da tiempo, Mulhouse y Munster.
-Quinto día: Rumbo a la Selva Negra: Friburgo. Noche allí.
-Sexto día: Triberg, Schilltach y Gegenbach. Noche en Estrasburgo.
-Séptimo día: Estrasburgo. Noche cerca del aeropuerto.
-Octavo día: Vuelta a casa.😢

Con todo listo solo nos queda organizar el qué ver, qué hacer y dónde comer... Esta es la parte más divertida de la organización. ¡Vamos a ello!


jueves, 12 de julio de 2018

Mercadillos navideños en Bélgica III: Brujas

31 de diciembre. Brujas. Maravillosa elección para despedir el año. Aunque nos hubiera gustado pasar una noche allí, pero claro, los precios eran disparatados. Es lo que pasa con los destinos muy turísticos. Lo dejamos para muy tarde y lo bueno, bonito y barato desapareció. De todos modos Gante nos volvió locos y finalmente nos alegramos mucho de haber elegido esta preciosa ciudad para alojarnos.

La mañana del último día del año nos pusimos en marcha bien temprano para coger un tren hasta Brujas, que nos costó en total unos 15€ (i/v, 2 adultos y una niña). Y en menos de media hora de trayecto estábamos allí, disfrutando de sus animadas calles repletas de turistas, como nosotros, y desde primera hora.

Para no perder tiempo viendo Google maps o buscando algún plano online decidimos seguir a la marabunta. Todo el mundo caminaba hacia la misma dirección con mucha seguridad. Y nosotros detrás.

Lo primero que nos encontramos fue el Lago Minnewater o del Amor, con sus preciosos cisnes. Se trata del puerto medieval de la ciudad y hay varias leyendas en torno al origen de su nombre y a la presencia de cisnes. Por supuesto, contamos a nuestra peque alguna que otra leyenda y nos acercamos con cuidado a los animalitos (con cuidado, sí, pues aprendimos la lección en Éfeso, donde nos atacaron -bueno, más o menos- unos gansos que, por lo que parece, no nos querían como turistas en las ruinas del templo de Artemisa).


Continuamos hacia el centro y a muy poca distancia del lago nos topamos con el Begijnhof o beaterio de Brujas. ¡Maravilloso!

Fue creado en el s. XIII por Margarita de Constantinopla, condesa de Flandes, con el objeto de recoger a las mujeres que se quedaban solas por motivos bélicos. El centro actuaba como un convento donde las mujeres (beguinas) vivían aisladas, con una vida muy tranquila, dedicándose a ayudar a personas desfavorecidas y enfermos, así como a realizar labores artesanales. Al parecer, la última beguina dejó el beaterio en 1927, pero desde 1930 fue ocupado por monjas benedictinas. Hoy sigue siendo un centro de retiro y las casas que podemos ver no son las originales. Aquellas fueron construidas de madera, pero en el s. XVIII tomaron el aspecto actual.

Desde allí continuamos hacia el centro, dejando a un lado y a otro multitud de escaparates curiosos y repletos de productos típicos, algún puente lleno de turistas haciendo fotos compulsivamente... Era señal de que el corazón de la ciudad estaba próximo.



Tras un buen paseíto llegamos por fin hasta Nuestra Señora de Brujas, donde dos sorpresas nos esperaban: por un lado, una Madonna de Miguel Ángel (1504) y, por otro, el corazón de Felipe el Hermoso. Sí, así es, aunque no se puede ver nada salvo una cajita de plomo bajo la tumba de su madre, María de Borgoña. Pero, ¿qué hace aquí su corazón si Felipe descansa en la catedral de Granada? Pues resultan que su corazón fue enviado a Brujas. Mejor así, pues con Juana...

 


Muy cerca, a unos metros, encontramos el Hospital de San Juan, del s. XII, ni más ni menos. Nos asomamos, pero sin visitarlo, y continuamos con el paseo. Teníamos ganas de ver esos rincones que todo el mundo fotografía. ¿En serio serían tan espectaculares? Bueno, pues sí. Muy, pero que muy fotogénicos, como el puente de San Bonifacio, con unas vistas...


Tras cruzar el puente nos dirigimos hacia el Muelle del Rosario (Rozenhoedkaai), en el canal Dijver, donde nos topamos con la cervecería 2Be y con el Campanario o Belfort, al fondo. Fotos por aquí y por allá ¡y a por las cervezas!



Unas cuantas cervezas trapenses más tarde continuamos con el paseo y llegamos, unos minutos más tarde, a la coqueta y acogedora Plaza de los Curtidores (Huidenvettersplein), llamada así porque era el lugar donde los curtidores ejercían su oficio y tenían su sede.


La plaza nos encantó y nos hubiéramos quedado en una de las apetecibles terracitas a tomar algo, pero es que ya estábamos bien hidratados... Así que continuamos paseando. La peque, incansable.

No anduvimos mucho hasta llegar a la Plaza del Burg, donde se encuentra el Ayuntamiento (Stadhuis), así como el Franconato de Brujas (Brujse Vrije), una casa señorial del s. XVIII que fue sede de los tribunales de justicia desde 1795 a 1984, año en que pasó a albergar los archivos de la ciudad.

La fachada renacentista blanca y dorada, presidida por una alegoría de la justicia (mujer sosteniendo una espada, una balanza y con los ojos vendados), nos llamó la atención al llegar. También nos sorprendieron las argollas donde encadenaban a las mujeres acusadas de brujería antes de su ejecución en la hoguera. Según la información que consta en los archivos de la ciudad, fueron cientos de mujeres las que murieron por tal acusación.


Como teníamos poco tiempo y queríamos ver muchas cosas antes de regresar a Gante para celebrar el fin de año, no entramos. Además, estábamos viendo allí mismo la Basílica de la Santa Sangre (Heilig-Bloedbasiliek). ¿Para qué esperar? 


La fachada gótica de piedra negra con esculturas doradas es alucinante, sobre todo para frikis de lo histórico-artístico, como nosotros.

El interior de la basílica tampoco queda atrás, aunque realmente fuimos a visitarla, no solo por sus manifestaciones artísticas, sino porque además contiene una ampolla de cristal con, dicen, la sangre de Cristo, recogida por José de Arimatea y traída a Brujas tras las Cruzadas. ¡Una historia increíble!



Continuamos la ruta y pronto nos encontramos en la última plaza que nos quedaba por visitar, la Plaza del Mercado (Markt), con el Campanario o Belfort que habíamos visto una y otra vez desde que llegamos a la ciudad por la mañana. Nada que ver con otros rincones o plazas de la ciudad. ¡Estaba llena de gente! Y, para colmo, con mercadillo navideño. Olor a chocolate, salchichas... Hmm, ¡qué maravilla!



Un paseito por el mercadillo navideño y, ¡por fin! a comer algo, pues ya la hora del almuerzo había quedado atrás.

Tras buscar algo apetecible (a esas horas nos comíamos las piedras) durante un buen rato se nos fue la vista a un puesto de salchichas gigantescas. Cuando digo gigantescas me refiero a que eran gigantescas. Como el brazo de nuestra cría, vamos. Pues esta, que no dejaba de quejarse por el hambre (claro, ella no se había tomado aquellas cervezas...) se zampó una entera. ¡Ella sola! 40 centímetros de salchicha con su ketchup. Brutal. Exquisita. Y con ese frío, más apetecible aún.

Pues en esta maravillosa plaza terminaba nuestra ruta. La media tarde había pasado y aún teníamos que caminar hasta la estación, regresar a Gante, llegar al hotel y prepararnos para salir a cenar y despedir el año.

Un momento, ¿cenar? ¿Con esa mega salchicha en proceso de digestión? Pues no. De hecho, como narramos en nuestras aventuras en Gante, al llegar nos preparamos para dar una vuelta y ver los fuegos artificiales de Año Nuevo, ¡sin cena! Pero eso es otra historia...




jueves, 16 de noviembre de 2017

Mercadillos navideños en Bélgica II: Gante

La estancia en Bruselas se nos hizo corta, pero nos hacía mucha ilusión cambiar de escenario y quedarnos más de una noche en algún lugar, y qué mejor ciudad que Gante.

En Bruselas Midi/Zuid (la estación que está cerca de Porte de Hal y de nuestro hotel en Bruselas) tomamos un tren hasta la bonita estación de Ghent Sint Pieters (también Gand St. Pierre), en dirección a Knokke o Blakmberge. Para elegir horario echamos un vistazo a la web del ferrocarril belga, Belgian Rail, y ahí mismo comprobamos que llegaríamos en media hora por unos 10 pavos (la niña, la mitad). Nada mal. Buen precio y varios trenes cada hora (los llamados IC tienen trayecto directo y corto).

Habíamos oído hablar de la Go Pass, una tarjeta con 10 tickets para los 3, por 74€, para rellenar a mano antes de subir al tren, pero finalmente decidimos no comprarla, pues no sirve para llegar al aeropuerto, por lo que no ahorrábamos mucho...

Al llegar a Gante solo tuvimos que caminar 10 minutos. Allí estaba nuestro hotel, el NH Gent Sint Pieters. Por 265€ habíamos cogido una habitación superior muy confortable para los 3 con desayuno. 
Es cierto que no era lo más barato de la ciudad, pero tampoco lo más caro, y mucho menos teniendo en cuenta los precios para fin de año en Brujas, donde nos hubiera gustado pasar la noche del 31. Elegimos este hotel -después de cancelar otro rural precioso, pero alejado- porque quedaba al lado de la estación de trenes. De haber alquilado un coche hubiéramos elegido hotel según otros criterios... Fuera de la ciudad, quizá. Y es que somos más de campo que los tractores.

En fin, no había tiempo que perder. Hicimos check-in, soltamos las maletas y nos lanzamos a explorar la ciudad. Teníamos mucho que ver y un precioso mercadillo al atardecer. Así pues, cámara en ristre y mapa en mano, allá que fuimos, ¡rumbo al city centre!

Junto al hotel vimos paradas de bus y tranvía, pero preferimos ir a pie para disfrutar de calles y rincones alejados de las rutas más transitadas o turísticas.

Subimos por la calle del hotel, Koning Albertlaan, cruzamos el río Lys y tras girar a la derecha por toparnos con un canal, volvimos a encontrarnos con el río. Al ver a lo lejos torres de iglesias y una noria decidimos seguir por la orilla. Estábamos llegando al centro y solo habíamos caminado 20 minutos. Genial.


Bueno, parecía estar cerca, pero nos dimos cuenta de que otro pateo era necesario. Pobre peque. No tardó mucho en preguntar si faltaba mucho para llegar a donde fuese y sentarnos.

Al cabo de un rato estábamos como locos haciendo fotos. Teníamos delante la iglesia y el puente de San Miguel (Sint Michielskerk y Sint Michielsbrug) y, tras este, el centro de las ciudad con aquella enorme noria y otros edificios como la iglesia de San Nicolás o el Korenmarkt.







En lugar de cruzar hasta allí decidimos continuar bordeando el río, por las calles Graslei y Korenlei, hasta llegar al castillo de los condes de Gante Gravensteen, primero, y al barrio de Patershol, después. 


Al castillo no entramos, por falta de tiempo, pero con admirarlo desde fuera, tomando una cerveza en la terraza de un cercano restaurante, nos resultó suficiente. Quizá la próxima vez que visitemos Gante...

El barrio de Patershol nos encantó. Se trata de un barrio medieval ubicado al norte del castillo, a pocos metros. Parece ser que en un principio fue un barrio de burgueses y más adelante pasó ser el barrio de los tejedores, y es que la industria textil fue muy importante en la ciudad.

Nos encantó perdernos entres sus calles, el color y la escasa altura de las casas, el silencio... ¿Y la gente? Mejor así.




Tanta caminata nos dio sed. Había que remediarlo pronto. Y sabíamos que muy cerca estaba la cercana plaza de Vrijdagmarkt con el bar Dulle Griet






Nos gustó tanto la cervecería que planeamos repetir antes de marcharnos de Gante. Para tomar elegimos Hoegaarden Julius y Petrus, primero, y Hoegaarden y Leffe, después. 


Y así nos dieron las 15.30 h. A ver dónde podíamos comer. Imaginábamos que algo de comida rápida, por la hora... Pero no!

Hasta la plaza llegaban olores de los cercanos restaurantes de múltiples nacionalidades. ¡No había tiempo que perder!

Siguiendo el olor a comida oriental llegamos hasta Oudburg, una calle paralela al río repleta de restaurantes. Comida japonesa, marroquí, india, thai... A ver quién se decidía. Pensando en la niña, que adora el pollo cocinado prácticamente de cualquier manera, entramos en el restaurante indio-nepalí Himalaya.

No teníamos planes para la Nochevieja, ¡al día siguiente! No habíamos encontrado desde casa ningún sitio interesante para reservar. Como este sitio nos encantó pensamos dejar una reserva hecha, pero finalmente decidimos que no, porque habría que coger buses o patear demasiado, y luego los fuegos artificiales quedarían lejos.

Continuamos hacia el centro. Era el turno de la Catedral de San Bavón, antes iglesia de San Juan. Allí fue bautizado Carlos I, que mucho tuvo que ver con la transformación de la iglesia románica en la catedral gótica, debido a los numerosos donativos que hizo.


Teníamos ganas de visitar la catedral, especialmente porque allí se encuentra La Adoración del Cordero Místico de los hermanos Van Eyck.

Igualmente nos llamaron la atención otras obras preciosas, como el púlpito de mármol de Carrara y roble de Delvaux (1745), que representa El triunfo de la verdad sobre el tiempo. Impresionante.



Escudos de Carlos I y Felipe II de España
 Ya que estábamos en pleno centro, ¿cómo íbamos a quedarnos sin visitar el mercado navideño? Y esa noria... ¿cómo íbamos a quedar sin montarnos? Además, de la noria de Bruselas no habíamos disfrutado apenas debido al estrés que nos causó perder momentáneamente la cámara de fotos (¡menos mal que la encontramos! ¡qué suerte!). Pues otros 10 pavos por cabeza... 


 



Al bajar de la noria dimos una vuelta por el mercado navideño y trincamos un crepe de chocolate. Hacía frío y tuvimos suerte de encontrar una especie de caseta cubierta donde nos colamos para beber cerveza (la peque, un chocolate caliente) y entrar en calor, pues en la calle no se podía estar por el frío... Así que de allí nos fuimos al hotel ¡y a pie! Acabamos molidos. Había que descansar, pues nos quedaba otro día de pateo interesante por Brujas. Y allí pasamos el último día del año, aunque regresamos a Gante con tiempo suficiente para prepararnos para el fin de año y los fuegos artificiales.

Como en Brujas habíamos comido demasiado (madre mía, aquella salchicha mediría 40 cm!), al llegar a Gante no teníamos hambre. Se nos hacía muy raro no cenar en Nochevieja.

Bajamos del tren sin prisas y paseamos hasta el hotel.



Una ducha, ropita elegante y rumbo al centro. Esta vez en bus. Nos plantamos en el mercado navideño, que estaba cerrado. Mal plan. Todo estaba vacío y oscuro en el centro. Mirábamos con cierta envidia algunos bares con fiestas privadas, pero ¿con la niña a dónde íbamos a ir? A ningún lado de interés, desde luego.

Atravesamos el mercado navideño con temor y en medio de la oscuridad vimos una luz, literalmente. Era el hotel Ibis que hay frente a la catedral. Pero lo que nos llamó la atención y nos hizo acudir como moscas a la miel fue el ambiente que había en el restaurante. Había gente cenando o tomando copas. ¡Genial! Un sitio calentito donde pasar dos horas hasta medianoche. Y sin reserva previa. ¡Toma ya!.

A las 11.30 pasadas nos fuimos a buscar el Portus Ganda en el río Lys para ver los fuegos artificiales. Nos situamos en el portal de un bloque de pisos y allí esperamos un rato viendo cómo quiénes nos rodeaban celebraban la fiesta con champán. Pero sin uvas.


Menudo espectáculo. Alucinante. Pero había demasiada gente y la ciudad, como Bruselas, estaba en alerta por peligro de atentado. Por eso cuando el show terminó salimos pitando y, con mucha suerte, encontramos un taxi libre.

Nos tocó el conductor más rápido de la ciudad. Metió el turbo, fue derrapando e incluso pudo saludar a un amigo que vio en un cruce. Increíble. Y qué miedito. En menos de 5 minutos estábamos en el hotel.

Así dimos la bienvenida al nuevo año. Y aún nos quedaba un día más para disfrutar de esta preciosa ciudad.

Gante estaba muerta aquella mañana del 1 de enero, como cualquier otra ciudad. Una vez más fuimos paseando hasta el centro viendo en el suelo restos de la fiesta de la madrugada. Solo en el centro vimos algunas personas que, como nosotros, no tenían resaca.


Nuestro objetivo era repetir en aquella cervecería tan mona, Dulle Griet, pero cuando llegamos hasta ella la encontramos cerrada. Entonces nos buscamos otro sitio en Vrijdagmarkt y encontramos muy cerca el café T'Kanon, cuyo ambiente nos encantó.


Muy cerca de allí, de camino al centro desde la plaza Vrijdagmarkt, teníamos la "calle de los graffitis", Werregarenstraat. Se trata de una callejuela donde está permitido pintar las paredes con spray. No podíamos quedarnos sin visitar una de las calles más fotogénicas de la ciudad. ¡Merece la pena! Es una auténtica chulada.




 

 

No teníamos mucho tiempo. Había que volver al hotel, recoger las maletas y coger un tren hasta Bruselas, donde dormiríamos antes de coger el vuelo. Paseamos por última vez por las bonitas calles del centro, deteniéndonos ante los escaparates de las tiendas, todas cerradas. ¡Qué coraje! Con las cosas tan chulas que veíamos.

 

El hotel nos había permitido dejar las maletas guardadas. Las recogimos y en 5 minutos estábamos en la estación, buscando algo de comer y beber rápidamente y comprando los billetes (aunque pensamos comprarlos online). El tren llegó puntual y en menos de una hora estábamos en el aeropuerto de Bruselas-Zaventem. Salimos de allí y cogimos el bus gratuito de nuestro hotel para la última noche. Nuestro vuelo saldría a las 7 de la mañana, de ahí que no eligiésemos Bruselas capital para dormir. Además, el shuttle gratuito estaba disponible las 24 horas. Genial para un buen madrugón. Grr!

Así finalizó nuestra navidad en Bélgica, si bien en casa quedaba fiesta por delante...

¡Hasta pronto!