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jueves, 26 de diciembre de 2019

Mercadillos navideños en Alsacia: preparativos

Visitar la Alsacia ha sido durante mucho tiempo (¡muchos años!) uno de nuestros periplos más deseados, especialmente desde que escuchamos por primera vez el nombre en alguna clase de Historia en el instituto o en la facultad, por tratarse de una región que, junto a la Lorena, ha pasado por manos francesas y alemanas una y otra vez a lo largo del tiempo, como si se tratara de una pelota en un partido de tenis. Sin embargo, no solo sentíamos la curiosidad propia del historiador respecto a un lugar conocido por sucesos históricos relevantes, sino que además nos habíamos enamorado de la zona por una foto de un pueblecillo alsaciano, Colmar. Precioso en primavera y verano, pero también famoso y maravilloso por como se vive allí la Navidad.

Pasó el tiempo y viajamos a un lado y a otro, pero seguíamos sin lanzarnos a por la Alsacia, y para Navidad siempre teníamos en mente mercadillos por Europa, como los de Bruselas, Gante y Brujas, que visitamos en 2015. Pero la idea no cuajaba... ¡Hasta ahora!

Para estas navidades nos apetecía un poco de sol de invierno, pero buscando vuelos descartamos pronto esta opción por el precio de los mismos y porque además encontramos chollos para llegar a la tan anhelada Alsacia.

En un principio nos topamos con dos opciones:
1) Volar a Basilea (Suiza) con Easyjet y alquilar un coche para recorrer Alsacia y parte de la Selva Negra hasta Estrasburgo. 50 € cada trayecto aprox.
2) Volar hasta Karlsruhe-Baden Baden (Ryanair) y alquilar un coche para hacer el recorrido a la inversa sin bajar hasta Suiza, centrándonos en Alsacia y Selva Negra. 55€ cada trayecto aprox.

Los precios de los vuelos han sido muy parecidos y han ido fluctuando prácticamente a la vez, si bien nos hemos decidido finalmente por la segunda opción debido al precio y a las condiciones del alquiler de coche.

En varios blogs de viaje recomiendan coger el coche en el lado suizo del aeropuerto de Basilea (compartido con Mulhouse, en Francia, y Friburgo de Brisgovia, en Alemania), puesto que los coches incluyen ruedas de invierno. Sí, pero esa opción la hemos descartado prontísimo por el precio de los coches. Además, estas ruedas están disponibles prácticamente en todas partes, pagando o no por ellas.

Buscando y buscando comprobamos que los rent a car de Karlsruhe-Basden Baden tienen mejor precio que los de Basilea-Mulhouse-Friburgo, incluyendo ruedas de invierno, o al menos para fechas concretas. Teníamos la mirada puesta en un Volkswagen Tiguán de Sixt a muy buen precio, pero el día de recogida del coche comprobamos que estaría cerrada la oficina, así que finalmente nos hemos decantado por un Mazda CX5 de Europcar. ¡Ya os contaremos!

Una vez comprados los vuelos no hemos perdido ni un minuto. Como siempre, un vistazo a Booking y Airbnb y a buscar sitios chulos, aún sin ruta clara...

Para trazar la ruta hemos echado un vistazo a blogs de viajes y a diversas webs sobre la Alsacia y la Selva Negra. Teniendo siete días para visitar la zona y con una zona preferente (Colmar y alrededores) la ruta, tras dos semanas dándole vueltas, y en función de los alojamientos que nos han ido atrayendo, ha quedado así:

-Primer día: llegada, recogida de coche y rumbo a Obernai. De camino al primer alojamiento pasaremos por Barr, Gertwiller y Sélestat. Alojamiento en Kinztheim.
-Segundo día: Castillo de Haut-Koenigsburg, Saint-Hippolyte y Rorschwihr (de paso), Bergheim y Ribeauvillé. Alojamiento en Colmar durante tres noches.
-Tercer-cuarto días: Colmar, Hunawihr, Riquewihr, Kaysersberg, Turckheim y Eguisheim. Si nos da tiempo, Mulhouse y Munster.
-Quinto día: Rumbo a la Selva Negra: Friburgo. Noche allí.
-Sexto día: Triberg, Schilltach y Gegenbach. Noche en Estrasburgo.
-Séptimo día: Estrasburgo. Noche cerca del aeropuerto.
-Octavo día: Vuelta a casa.😢

Con todo listo solo nos queda organizar el qué ver, qué hacer y dónde comer... Esta es la parte más divertida de la organización. ¡Vamos a ello!


lunes, 3 de diciembre de 2018

Recorriendo las Highlands escocesas I


Recorrer las Highlands escocesas libremente y con una peque nos parecía una locura. El senderismo nos chifla, pero tan al norte, con una niña que se marea en coche habitualmente, con lluvia... no resultaba una opción muy atractiva, la verdad, pero tampoco nos apetecía esperar unos años. Por ello nos pusimos en marcha y en un par de semanas teníamos todo el viaje organizado: vuelos, hoteles, coche de alquiler... Todo.

Lo más complicado fue trazar la ruta. Teníamos claro que serían los 7-8 días de Semana Santa, pero todo dependía de los vuelos disponibles, los precios... Así, teniendo en cuenta los must que no queríamos perdernos, salió una ruta que consideramos un acierto:

Día 1 (12 de abril): Vuelo a Prestwick, Glasgow. Loch Lomond, Puck's Glen. Alojamiento en Kilchurn Suites.
Día 2: Fort Williams. Glennfinan. Portree. Hotel Marmalade.
Día 3: Portree. The Storr. Kilt Rock. Dunvengan. Nest Point.
Día 4: Kyle of Loschalsh. Castillo de Eilean Donan. Lago Ness. Castillo de Urquhart.
Día 5: Chanonry Point. Destilería Tomatin. Castillo Loch an Eilein. Pitlochry.
Día 6: The Hermitage. Stirling.
Día 7: Edimburgo.
Día 8: Vuelo desde Edimburgo a Málaga.

Pues ya estaba todo listo y no faltaban muchos días para viajar. De hecho, antes de que nos diéramos cuenta estábamos preparando las maletas, aunque no sin algo de temor por la hora de salida del vuelo: las 7 y media de la mañana, con obviamente un check in en el aeropuerto a las 6 y un madrugón considerable, sobre todo teniendo en cuenta la hora a la que solemos acostarnos y que viajábamos con nuestra peque... Es por esto que decidimos pasar la noche (bueno, el rato, más bien) en un hotel de Málaga más o menos cercano a un parking donde solemos dejar nuestro coche durante los viajes desde esta ciudad. Bien de precio y además el mismo personal del parking os acerca en pocos minutos al aeropuerto. Al llegar por la noche a Málaga, paseamos por la zona cercana a nuestro hotel, cenamos unas tapas y nos fuimos a dormir al Ibis Málaga Aeropuerto (52€).

A las 5 sonó el despertador y poco después de las 5.30 estábamos soltando el coche en el parking desde donde nos acercaron, como estaba previsto, rápidamente al aeropuerto. Una vez allí nos sorprendimos mucho al encontrarnos con una compañera de trabajo y su marido, que curiosamente iban a hacer una ruta parecida en Escocia. ¡Jolín, qué casualidad!

La hora y media larga en el aeropuerto se hizo pesada, como casi siempre, por la colas, el saca y mete documentos, las esperas, etc. Además, la peque estaba cansada y los papis más aún (la mami no suele pegar ojo cuando hay una alarma puesta para coger un vuelo, así que...). Sin embargo, las 3 horas y pico de vuelo no se hicieron demasiado pesadas: Ryanair se portó bien y nosotros íbamos k.o., así que dormimos todo lo cómodamente que se puede en los 3 milímetros cuadrados de "confortable" espacio vital que te proporcionan las compañías aéreas low cost... es decir, que pegamos unos 20 cabezazos con cara de zombies moribundos. El intermitente descanso nos vino de todas formas bien porque teníamos que coger fuerzas para afrontar un día completito.

Una vez en el aeropuerto de Prestwick, cerca de Glasgow, cogimos el coche que habíamos alquilado desde España y a eso de las 11 partimos hacia el primer loch (lago) escocés, Loch Lomond. La programación de nuestro viaje en base al tiempo y nuestras preferencias nos obligó a evitar una visita a la ciudad de Glasgow.

¡Hacía sol en Escocia! Así disfrutamos mucho de esta primera ruta en coche gracias a la emoción de la llegada, si bien la tripa sonaba... Nos moríamos de hambre. Menos mal que allí el horario de comidas difiere bastante del nuestro. Por esto mismo ignoramos los dos primeros castillos de nuestra lista: Dundonan castle y Dumbarton castle. Pretendíamos visitarlos con la Explorer Pass que no llegamos a adquirir... Además, visitarlos suponía perder tiempo que luego echaríamos de menos, pues teníamos un plan buenísimo.

Por fin, tras 1 hora de coche y 95 kilómetros llegamos a Luss, en la orilla de Loch Lomond y cerca de Trossachs National Park, que ha inspirado a escritores, artistas y a los creadores de la película Brave, de Disney. Y ciertamente no nos extrañó, pues la primera impresión de Escocia a través de nuestro contacto pionero en Loch Lomond fue muy buena. Queríamos comer, pero con un día soleado tan maravilloso, un amplio prado y tan bellos paisajes... Ella salió pitando del coche con ganas de estirar las piernas...



El paseíto se extendió hasta la orilla del lago. Habíamos planeado dar un paseo en barco para ver las islas y visitar el corazón del parque, pero no teníamos mucho tiempo. Es lo que pasa por apretar tanto la agenda y no prolongar la estancia en un lugar que promete. Hubiera sido genial pasar la noche allí.

La niña continuó con sus carreritas y los papis, tras ella. Y así llegamos hasta una iglesia y su cementerio. Ella se entretuvo un buen rato escondiéndose entre tumbas mientras nosotros alucinamos con la boda que teníamos delante. Una novia con seis damas de honor (todas con el mismo modelito) y unos gaiteros amenizando el evento, en una escena que parecía sacada de una peli de amores y desengaños de Hugh Grant. ¡Nos encantó verlo!

 


A las 13 horas, aún muertos de hambre, decidimos dirigirnos al precioso sitio que habíamos elegido a través de Tripadvisor, The Village Rest. ¡Y acertamos! La sopa del día de puerros y queso ahumado estaba riquísima y la acompañamos con pollo cajún. La peque se decantó por un hot dog que se zampó mientras coloreaba unos dibujos que le dieron y que luego dejaría colgados como recuerdo en un muro.



Había que rebajar el almuerzo y una buena caminata nos esperaba en el Puck's Glen, a poco más de una hora de Luss. Además, al viajar en sobremesa la niña dormiría un buen rato y así evitaría marearse con las curvas, porque la pobre siempre lo ha pasado fatal, al menos hasta que descubrimos la maravillosa existencia de Cinfamar, que viaja con nosotros desde hace unos años sin fallar ni una vez. Uff!



Puck's Glen toma su nombre de Puck, un personaje de “El Sueño de una Noche de Verano” de Shakespeare. Se trata de un pícaro duendecillo que sirve a Oberón, quien le envía para conseguir una flor mágica capaz de hacer que quien se encuentre bajo sus efectos se enamore de lo primero que vea.

Cuando la peque despertó, ya aparcando, le contamos la historia del duende y llena de ilusión saltó del coche en busca de aventura. Desde luego la ruta de senderismo que nos esperaba es una de las más populares de Escocia. Pese a eso prácticamente no vimos a nadie por allí, lo que nos vino genial, pues la soledad en medio de esos bosques fue muy especial... Teníamos la sensación de que Puck iba a aparecer en cualquier momento.

Recorrimos los 3 kilómetros y medio de ruta en 1 hora y pico, parando cada varios metros a hacernos infinidad de fotos porque el bosque resultaba impresionante. Podemos comparar esas sensaciones que tuvimos con la que habíamos experimentado un año antes recorriendo la selva de Irati (Navarra). Espectacular. Árboles gigantescos de todo tipo, el rumor constante del agua, una tupida vegetación omnipresente y un recorrido muy ameno para las familias.





 

Magnífica ruta, pero acabamos agotados. El despertador había sonado más de 12 horas antes y no habíamos parado, así que nos apetecía muchísimo conocer el "castillo" que sería nuestro hogar aquella noche, las Kilchurn Suites y, por fin, descansar.

Allí no había restaurante, así que compramos un picoteo y cervezas para tomar en la habitación, pues el plan que habíamos programado, ir a Inveraray a cenar, fue desechado rápidamente por cansancio y kilómetros.

Una hora y pico después del sendero de Puck, ya anocheciendo, llegábamos a "casa" y nos maravillábamos. OMG! ¡Qué sitio! ¡Qué habitación! ¡Qué vistas al Loch Awe y al Kilchurn castle! La peque decía que íbamos a dormir en el castillo de Bella y Bestia... Bueno, más o menos. El tiempo había empeorado un poco y habían aparecido negras nubes y niebla, lo que aportaba al castillo cierto aire misterioso, casi terrorífico, que aumentaba debido a ciertos ruidos raros. Desde luego, si volvemos a Escocia reservaremos de nuevo aquí.

 


Vistas del Kilchurn castle en el Loch Awe desde nuestra habitación

Dormimos como lirones y bien temprano nos pusimos en marcha. Primero, un paseo hasta las ruinas  del Kilchurn Castle y después una visita a la curiosa iglesia de St. Conan.




El castillo de Kilchurn fue construido en el siglo XV y alcanzado por un rayo en siglo XVIII, razón por la cual quedó muy dañado y abandonado hasta la actualidad. Antiguamente en un islote, hoy tiene a pie un difícil acceso surgido por el descenso del nivel del Loch Awe a través de un camino no muy largo pero con bastante barro y zonas resbaladizas. Nos recordó un poco al castillo de Tiraslin, en la película Willow, pero afortunadamente no aparecieron ni trolls ni los amiguetes de la reina Bavmorda. En cualquier caso nos encantó la visita y a nuestra peque también: disfrutamos leyendo los carteles explicativos e imaginándonos como sería la vida en los tiempos de los que hablaban.




La iglesia de Saint Conan nos encantó y una vez dentro supimos que en la capilla de Robert the Bruce, personaje clave en la historia escocesa al que conocemos mejor por la peli "Braveheart", hay un fragmento de hueso suyo, si bien la tumba se encuentra en otro lugar. La bonita y acogedora iglesia, construida en un estilo ecléctico, con mucho neorrománico y neogótico, nos resultó bastante pintoresca.



Nos hubiéramos quedado un buen rato allí, pero queríamos ver tantas cosas antes de acabar el día... Así que no perdimos más tiempo y nos pusimos rumbo al oeste. Teníamos dos opciones: tomar la carretera A85 en dirección oeste (a Oban) o hacia el este, hasta encontrar la A82, una carretera rodeada de paisajes preciosos. Nos decantamos por la primera opción y cerca de Oban nos topamos con el Castle Stalker View, donde desayunamos disfrutando de unas amplísimas vistas al castillo Stalker desde unas maravillosas ventanas panorámicas, en el Loch Linnhe. Bueno, más bien se trató de un brunch (todo orgánico y homemade, riquísimo), por la hora (13 horas) y por el contenido. Y es que nos costaba mucho adaptarnos al horario escocés. Allí, además, compramos un chubasquero chulísimo a la niña. Desde luego iba a hacerle falta, pues es más práctico allí que un paraguas. Y antes de irnos, una curiosidad: volvimos a encontrarnos con la compi de trabajo. ¡El mundo es un pañuelo!




Con los estómagos llenos nos dirigimos hacia el norte, rumbo a Glencoe, un precioso valle (glen) en el corazón de las Highlands, pero viendo la hora decidimos pasar de largo y llegar a Fort Williams, por donde callejeamos un poco. Tampoco tuvimos tiempo de proseguir hasta Glen Nevis, para ver el Ben Nevis, la montaña más alta de Reino Unido (1344 m.), pero no nos quedamos sin ver el viaducto de Harry Potter en Glenfinnan, prácticamente a orillas del Loch Shiel. ¡Espectacular!



Habíamos pensado continuar hasta Mallaig para tomar un ferry hasta la isla de Skye, parando a pasear por la preciosa playa del camping Camusdarach, cerca de la desembocadura del río Morar, pero vimos un anuncio en la carretera indicando que, debido al tiempo, no zarpaban ferries, así que solo nos quedó una opción: llegar a la isla a través del puente de Kyle of Lochalsh.




Y por fin, tras casi 5 horas de coche, 300 km. de curvas, fatigas y paisajes que quitan el hipo, llegamos a Portree. Y el pueblito y la isla nos volvieron locos. Pero es otra historia...


miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mercadillos navideños en Bélgica I: Bruselas

La Navidad es muy especial para los niños y para los que ya no son tan niños, pues siempre, a todas las edades, hay circunstancias especiales en este tiempo que nos hacen disfrutar de una u otra forma. Para celebrar de la mejor manera estas fechas hace dos años preparamos un viaje sorpresa a París y Disneyland para nuestra peque y lo pasamos pipa los tres, visitando preciosos rincones de una ciudad que ya conocemos bien (fundamentalmente por haber vivido allí unos meses) y dedicando especial atención al mercado navideño de los Campos Elíseos. Por supuesto que disfrutamos mucho en Disneyland, pero la experiencia del mercadillo parisino nos gustó y se nos ocurrió plantear un viaje de auténticos "mercadillos navideños" para el año siguiente. Y así fue...

Después de indagar un poco sobre el ambiente navideño en determinadas ciudades alemanas, francesas, suizas y belgas, terminamos eligiendo Bélgica. Ya habíamos hablado de este destino años atrás, para ir en Navidad, primavera o verano, pero finalmente nos decantábamos por otros... Y la verdad es que el tema de las especialidades belgas como el chocolate o la cerveza tiraban fuerte... Además, los vuelos estaban muy bien de precio y encontramos buenas conexiones con Málaga o Sevilla.

Así fuimos esbozando en principio el plan de viaje: viendo vuelos. Una vez más comenzamos echando un vistazo a Google Flights para ver aeropuertos, horarios y precios. Precisamente pensamos que los precios relativamente reducidos estaban relacionados con los rumores que había sobre Bruselas tras los recientes atentados terroristas en París. Sin embargo, y como siempre hacemos, compramos los vuelos a través de las páginas web de cada aerolínea. En este caso elegimos por horario, precio y aeropuerto de destino estos dos trayectos de Vueling:

-Málaga - Bruselas (Zaventem): 15:15 - 18:00.
-Bruselas (Zaventem) - Málaga: 7:00 - 9:40.

En Málaga, como en otras ocasiones, dejamos el coche en el parking SP, muy fiable. Destacamos esta fiabilidad no en balde, pues en cierta ocasión nos dejaron el depósito a 0 en otro parking malagueño, probablemente por usar nuestro coche para llevar a clientes al aeropuerto o recogerlos. El servicio es rápido y además te llevan al aeropuerto y te recogen a la vuelta. Mola!

Bueno, la salida del vuelo fue puntual. Hasta ahora hemos tenido mucha suerte con este asunto y no hemos tenido que esperar más de media hora a pesar de que solemos volar con aerolíneas low-cost. Como llegamos con tiempo comimos unas hamburguesas antes de la salida (¡nos encanta comer en el aeropuerto!) y al rato estábamos en la cola del embarque. Tres horas después bajábamos del avión. ¡Otro país para añadir a la lista de visitados! Para nuestra peque suponía el país número 19 y para sus papis el número 24... ¡No está nada mal!).


Al llegar a Zaventem y tras recoger el equipaje buscamos los trenes y cogimos uno en dirección a Bruxelles Midi (Brussel Zuid), pues queda muy cerca del hotel que habíamos cogido en el barrio de St. Gilles: el B&B Aquarelle. Llegamos en unos 20 minutos a la estación y luego caminamos unos 15 minutos para conocer el barrio. Si hubiera llovido habríamos cogido un taxi, pero estábamos muy cerca y había un bonito castillo iluminado en Porte de Hal con focos de colores. ¡Qué noveleros! Aunque no conservamos fotos del mismo iluminado.

La llegada al hotel se vio envuelta en un halo de misterio. Nos costó dar con él, pese a que lo teníamos delante. Y es que parecía una mansión embrujada desde fuera. ¡Perfecto! Y, aunque no era un cinco estrellas, la habitación no podía ser más acogedora y calentita, y tenía unas vidrieras super chulas. ¡Ah! Y una habitación propia para la niña. Guay.


Soltamos las maletas, descansamos y nos fuimos a dar una vuelta en busca de cervezas. Pero no encontramos sitios donde tomar algo. Todo vacío. ¡Horror! Anda que igual que en Sevilla o nuestro pueblo, donde siempre hay al menos algún bar con ambiente. Pues aquí todo estaba muy triste y en silencio. Qué rollo, pensamos. Esperábamos de corazón que el día siguiente cambiara nuestra opinión sobre la ciudad. ¿Acaso habíamos cogido un hotel muy alejado del centro y el jaleo?

En fin, lo único que se nos ocurrió fue callejear hasta encontrar un sitio donde cenar. Y así nos topamos con el letrero de "Hector Chicken", una cadena de restaurantes take-away de pollo frito. Y de postre, ¿qué mejor que una selección variopinta de exquisitas cervezas belgas bien frías? Había de todo tipo en una tienda de chinos situada en la esquina frente al hotel.


Pues eso. Paseíto nocturno, pollo frito, atracón de cervezas, ducha y a la cama, que nos esperaba un día largo de callejeo por la ciudad.

 

Al día siguiente nos levantamos y bajamos a desayunar llenos de curiosidad por ver qué nos pondrían. Sorpresa. Una sola mesa para todos los huéspedes. No nos gusta eso. No queremos desayunar pegados codo con codo a un extraño o que éste nos mire frente a frente cómo masticamos. Sí es verdad que el desayuno estaba rico y era variado.

Terminamos rápido y nos lanzamos a patear la ciudad. En primer lugar fuimos hacia Porte de Hal para encarrilar la Rue Blaes, topándonos a los pocos minutos con el mercadillo de segunda mano y antigüedades de Les Marolles. No compramos nada porque una discusión entre viandantes se elevó de tono y parecía derivar hacia pelea, así que huimos. Continuamos nuestra ruta girando a la derecha hasta llegar a la Rue Haute y, más adelante, a la Rue des Minimes. Allí encontramos el Museo Judío, donde hubo un atentado terrorista en 2014. Sabiendo esto no nos asombramos al ver a dos militares con metralletas en la entrada del mismo. Veíamos por vez primera en Bélgica una estampa que se repetiría en muchos lugares públicos debido a los recientes atentados.

Cuando nos dimos cuenta estábamos en la Place de Petit Sablon, donde nos encontramos con una hermosa fuente presidida por las estatuas de los condes de Egmont y Hoorn. Al parecer estas estatuas estuvieron en un principio en la Grand Place, donde fueron decapitados (1568) por orden del Duque de Alba, pues habían sido acusados de impulsar un levantamiento contra el gobierno de Felipe II de España: eran rebeldes ante la supuesta tiranía de nuestro país. A pesar de rememorar episodio tan turbulento, la verdad es que la plaza es un lugar alejado del bullicio del turismo y bastante bonito, ideal para hacer una pequeña parada o comer algún dulce de los comercios cercanos.


Habíamos llegado, sin darnos cuenta, al Palacio Real, aunque tiene poco que ver desde fuera.

El palacio no es usado como residencia real, ya que el Rey y su familia viven en el Castillo Real de Laeken, en las afueras de Bruselas. No obstante el Rey sí cumple sus funciones de Jefe de Estado en este Palacio Real de construcción relativamente reciente (siglo XIX).

Estuvimos merodeando por los alrededores, explicando un poco sobre aquello a la peque, y decidimos continuar el paseíto hacia las Galerías Reales de Saint Hubert, repletas de chocolaterías.

Este detalle era importante porque pretendíamos comprar para nosotros y para regalar a la familia, todos muy aficionados al chocolate de cualquier forma o color.

El camino hasta las galerías nos gustó mucho. Nos topamos con el Mont des Arts, un bonito mirador desde el que se puede contemplar la Grand Place y la torre del ayuntamiento, la catedral... Está rodeado de museos como el de Magritte o el de Instrumentos Musicales. En otra ocasión quizá los visitemos. ¡No teníamos tiempo! pero bueno, siempre hay que dejar algo pendiente para volver con ganas.

Continuamos por la Rue de la Madeleine y así llegamos a una placita con encanto, Agoraplein, donde descansamos un rato. Está ubicada entre la Rue de la Montagne y la Rue du Marché aux Herbes y destacan en ella tanto el intenso trasiego de personas, turistas y "autóctonos", como las tiendas de chocolate y souvenirs, por lo que puede ser una buena ocasión para adquirir algunos. Desde luego, nuestro objetivo estaba en el chocolate de las galerías y estábamos a dos minutos a pie. ¡Así que nada de mirar escaparates! Cuatro pasos y llegamos.


Estas galerías fueron las primeras comerciales de Europa (1837). Además, son de las más elegantes, y ello se debe en parte a la enorme cúpula de cristal que las cubre. Es grande la impresión al entrar a las galerías por su iluminación, decoración, equilibrio y belleza en todos los sentidos... Adultos y niños quedarán alucinados.


En ellas se distinguen tres zonas que son como tres tramos casi idénticos separados por un arco: la Galería de la Reina, la Galería del Rey y la Galería de los Príncipes. Todas ellas están repletas de tiendas cuyos escaparates están diseñados para atraernos como estuviéramos hipnotizados. Es que hay escaparates y escaparates.... Y estos son alucinantes, al menos en época navideña. ¿Quién se resiste a entrar en una tiendecilla de chocolates belgas con un escaparate como este? Una vez entras vez bombones y chocolates de todas las formas, combinados con todos los ingredientes y presentados de las más bellas formas. El precio, eso sí, no debe asustarnos: os ponemos sobre aviso que estas chocolaterías no son low cost.


Finalmente el marketing cumplió su función y pillamos chocolates para nosotros y los abuelos. ¡Riquísimos!

Pero no todo es chocolate en las galerías. También hay joyerías, cafeterías, restaurantes, tiendas de alta costura, tiendas de antigüedades... incluso un cine y un teatro. Merece mucho la pena esta visita. A nosotros, como ya habréis comprendido, nos encantó.

Como había hambre y probablemente las cocinas de toda la ciudad habían cerrado tras una breve búsqueda terminamos en el Pizza Hut del Boulevard Anspach.


De postre o merienda sabíamos lo que queríamos. Cerca de allí estaba la cervecería Delirium Café, otro must en nuestra visita a la capital belga. Un pequeño paseo y allí nos plantamos. Por un momento temimos que no impidieran pasar con la niña (como nos ha sucedido en muchas ocasiones, sobre todo en algunas ciudades escocesas como Edimburgo) pero afortunadamente no fue así.


Llegamos y bajamos al sótano, que estaba prácticamente vacío, disponible para nosotros, y es que era mala hora. Para nosotros era buenísima hora, pues pretendíamos pasar buena parte de la tarde degustando los exquisitos zumos de cebada y trigo. Elegimos una mesa en un rincón magnífico, en la penumbra, desde donde podíamos admirar la totalidad del antro, profusamente decorado en una especie de horror vacui con bandejas y platos pintados de múltiples colores con los logotipos de marcas de cerveza de todo el mundo. En fin, nos pusimos manos a la obra con la carta: había que elegir dos cervezas para empezar de entre las 2400 disponibles. Difícil tarea.


En serio, ¿2400 cervezas? ¿En qué bodega puede guardarse tal tesoro? Pues en este templo, sin duda. La carta que aparece en la foto sobre estas líneas es la carta completa del Delirium, la carta de abajo es la carta reducida, más asequible para gente poco docta como nosotros.


Un cuarto de hora más tarde teníamos las dos primeras candidatas: una Carolus Golden y una Delirium Tremens. Excelente elección. ¡Exquisitas!


Entre la sed (menuda caminata) y las ansias por probar todo (Ja Ja!) no tardamos mucho en pedir otras dos: una Kapittel y, por supuesto, una Chimay. Hmm! ¡Benditos monjes trapistas!


Resulta curioso que al volver a casa tras el viaje nos hemos aficionado a comprar cervezas extranjeras, especialmente belgas, con sus copas a juego. ¡Cómo mola! Pero apenas tenemos sitio disponible ya para coleccionarlas. ¡Pronto habrá que buscar una buena alacena!

Nos hubiéramos quedado hasta bien tarde allí catando cervezas, pero la niña ya estaba harta de jugar a los juegos de la tablet y del móvil y se había acabado su zumo ya hacía tiempo... Así que muy tristes y algo mareados nos despedimos de aquel maravilloso refugio prometiendo regresar algún día. De todos modos no era tan malo lo que nos esperaba. Teníamos toda la tarde libre para disfrutar de los mercadillos y atracciones navideñas que adornaban todo el centro urbano, llamado también Plaisirs d'hiver, pues para eso estábamos allí.

El mercadillo se extiende prácticamente desde la Grand Place a la plaza de Sainte Catherine, aunque es aquí donde se acumulan centenares de casetas en las que se vende de todo. Por supuesto, no faltan los puestos de chocolate. ¡Yuju! Pero lo más llamativo para nosotros y nuestra nena fueron un precioso tiovivo como salido de otra época y la enorme noria desde la que vimos toda la ciudad. Bueno, más o menos.



Resulta que no amortizamos demasiado los 10 pavos que pagamos cada uno, pues justo antes de subir nos dimos cuenta de que no teníamos encima la cámara de fotos. Ataque de nervios. Y Bruselas preciosa de noche desde allí arriba. Qué mezcla de sentimientos. Pena, alegría y enfado brutal. ¿Quién llevaba la cámara? ¿Dónde nos la habíamos dejado? ¿En la cervecería? ¿En la pizzería? ¡¿Dónde?! Mientras tanto, decidimos enviar un par de mensajes via email y Facebook a la cervecería, por si daban con el dichoso aparato. Además llamamos por teléfono, pero nadie contestó.


En fin, hicimos alguna foto con el móvil, bajamos tras dos o tres vueltas bien lentas (y eternas) y nos lanzamos a la carrera (literalmente) hasta llegar sin aliento y sin esperanza alguna al Delirium. Habían pasado casi tres horas. ¿En serio iba a estar allí la cámara? Bueno, si no buscábamos no tendríamos oportunidades de encontrarla, así que por probar... Y así nos dirigimos al sótano, que estaba lleno. No cabía un alma y menos en la barra, donde luchamos por abrir un espacio hasta poder hablar con un barman. Le preguntamos si habían encontrado una cámara de fotos unas horas atrás, en una funda y tal... Nada de nada. Le preguntamos a otro compañero y nos respondió lo mismo después de buscar un poco por la barra. El bajón fue tremendo, pero aún quedaba un último cartucho: nuestra mesa. Nos dirigimos hasta ella y la encontramos ocupada por unos chavales que negaron haber visto una bolsa negra con una cámara. Pero antes de abandonar, rendidos, nos dio por mirar bajo la mesa. ¡Bingo! ¡Allí estaba esperándonos! Y es que la oscuridad del local que nos hizo olvidarla allí también contribuyó a que nadie se percatara de que estaba allí mismo. ¡Subidón! Y para celebrarlo, a la Grand Place a ver más Navidad. ¡Qué bien!


Nos quedaba ya poco que ver en la ciudad. Además, queríamos cenar en una taberna chulísima junto al hotel y antes nos apetecía una buena ducha. Pero no podíamos abandonar la ciudad sin ver al niño meón, el Manneken Pis.

Callejeamos hasta encontrarlo, siempre luchando contra hordas de turistas como nosotros y autóctonos. Y finalmente, decepción total: un meoncete poco diferente a los que tenemos en España y que suelen pasar desapercibidos.

Luego nos topamos con otro meoncete que encontramos en una heladería aledaña. Además, cayó un gofre. Qué maravilla.

De camino al hotel, por la Rue Blaes, nos detuvimos en un bar con muy buena pinta, Pin Pon, justo frente al mercadillo que habíamos visitado por la mañana.



Por fin un descanso en el hotel, una ducha y a cenar en el ansiado restaurante especializado en carnes (la noche anterior no habíamos encontrado mesa libre): La Braise. Oscurita y con un embriagador olor a buena carne de producción ecológica, como anunciaba el letrero en la entrada. Era la mejor opción para despedirnos de la capital, carne y vino a la luz de las velas, en la penumbra. Y de postre, un poco de chocolate en el hotel. Misión cumplida: un día ajetreado pero lleno de emociones, placeres y conocimiento.


Destrozados, nos fuimos a dormir y lo hicimos con pleno gozo del sueño. A la mañana siguiente, sumamente reconfortados por el masaje de Morfeo y las abundantes viandas de un buen desayuno, nos dirigimos de nuevo a pie hasta la Gare du Midi donde habríamos de coger nuestro tren hacia  la bella Gante, ciudad que nos acogería durante los próximos días y que nos cautivó sin duda alguna, pero sobre eso os contaremos próximamente.

¡Saludos!

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