domingo, 14 de junio de 2015

Buscando rincones donde perderse en Fuerteventura (4 días)


Tras nuestro paso por Gran Canaria llegaba el turno de Fuerteventura. Como teníamos pensado, cogimos un taxi en la puerta del Hotel Pujol para que nos acercara al Puerto de las Palmas de Gran Canaria, también conocido como Puerto de la Luz, donde tomaríamos el ferry de las 9 de la mañana con Fred Olsen hacia el Puerto de Morro Jable en Fuerteventura. Nada más subir al ferry descubrimos un pequeño parque infantil que vimos como nuestra salvación, pues el viaje se iba a hacer pesado para nuestra hija, que ya no llevaba sueño. Sin embargo no resultó ser un éxito, sino un error: el movimiento del ferry y el suyo propio jugando le provocó mareos y finalmente... En fin, cosas que pasan.


Por fin llegamos a la isla, con ansias por bajar del ferry, coger nuestro coche previamente reservado en Cicar y dirigirnos a la playa de Morro Jable. Nada más bajar del ferry nos encontramos con la oficina donde nos entregaron nuestro Fiat Punto y, tras tomar algo rapidito en el puerto, nos dirigimos hacia el faro en busca de playa y ardillas. Habíamos leído en algún blog de viajes que en torno al faro de Morro Jable hay ardillas que se acercan a la gente en busca de comida, si bien no vimos ni una. Decepción total en el tema ardilla, pero entorno exquisito.


     

Pronto llegó el hambre. ¿Dónde comer en esa zona, donde tan solo habíamos visto un restaurante y totalmente orientado al turismo? Había que buscar algo ya. Además, pretendíamos ir a la playa de Cofete a pasar la tarde y, para ello, necesitábamos tiempo. Así pues, nos subimos al bólido rojo y nos dirigimos desesperados de nuevo al puerto, a ver si veíamos algo interesante. Nos preguntamos dónde comerían los oriundos de Morro Jable... ¡Bingo! ¡El restaurante de la Cofradía de Pescadores! Ambiente marinero y pescado fresco. Acierto total.


Con los estómagos llenos de exquisito pescado del lugar nos dirigimos a Cofete. Habíamos leído que el camino era complicado, pero que merecía la pena. Efectivamente, fue complicado, y no solo porque nos perdimos y tuvimos que retroceder hasta dar con el pequeño cartel que indica la dirección a Cofete, sino porque además el camino bordea el macizo montañoso de Jandía, donde se encuentran las montañas más elevadas de la isla.

Para llegar (sin perderse) hay que tomar la carretera que sale de Morro Jable (junto al puerto) en dirección al oeste, hacia Punta de Jandía. Hay que tener en cuenta que los rent a car no cubren daños en caminos de tierra, así que ¡ojo!. 


Antes de bajar la cuesta que hay hacia el poblado y la playa nos detuvimos para observar el paisaje en el Mirador Degollada Agua Oveja. ¡Qué vistas! Alucinante. Bien podía ser el paisaje de playa más bonito que habíamos visto en nuestra vida, y eso que conocemos unas cuantas...

Como anécdota curiosa tenemos que contar que unas semanas más tarde, ya en casa, vimos la peli "Exodus: gods and kings" y nos llevamos una sorpresa. Resulta que el Mar Rojo de la peli es la playa de Cofete. No fue muy complicado averiguarlo al ver aquella peculiar montaña piramidal. Nos llamó la atención un detalle: Ridley Scott, quizá para economizar entornos, utilizó esta playa como escenario para ambas orillas del Mar Rojo. Así, los hebreos huyen de Cofete mientras se acercan las tropas de Ramsés por el tortuoso camino que discurre por el acantilado, atraviesan el mar sin agua y llegan... ¡otra vez a Cofete! 

 

  

Cuando el sol comenzaba a ocultarse tras la mencionada y curiosa montaña con forma de pirámide decidimos que era el momento de irse, pues teníamos que llegar a Morro Jable y quedaba un largo y tortuoso camino hasta allí. Eso no era todo. Nuestro apartamento se encontraba en Caleta de Fuste, así que nos quedaban unas horas para hacer el check-in.

Antes de abandonar la paradisíaca playa nos acercamos al singular cementerio que hay en la misma playa. Este solía acoger a las personas que fallecían en el poblado de Cofete porque resultaba complicado recorrer unos 40-50 km. hasta Pájara para darles sepultura allí. Al parecer el último enterramiento se realizó en la década de los años 50.


 

Casi 100 km. nos separaban de la casita, según Google maps. El viaje se hizo eterno. La peque no dejaba de preguntar si faltaba mucho... En dos ocasiones hablamos por teléfono con nuestra anfitriona francesa para decirle que llegábamos más tarde de lo previsto. Además y para colmo, la niña volvió a marearse y la lió en el coche... A papá le tocó aparcar donde pudo e ir a comprar toallitas y pañuelos para dejar limpio el coche. ¡Qué desastre de remedio anti-mareo! Nuestro Cinfamar con sabor fresa nunca falla... Nunca más lo dejaré olvidado en casa.

¡Qué alegría cuando vimos la fachada de la casita! Estábamos en "Bouganvilles Golf" y parecía mentira. Buen sitio por unos 140 pavos (¡4 noches!). Hicimos check-in, entramos... y tras una buena ducha salimos a dar un paseo por Caleta de Fuste. El centro estaba repleto de sitios donde comer y la gente, mayormente extranjera, pululaba de aquí para allá. Nos decantamos por el restaurante "Taj Tandoori", pues la cocina india es una de nuestras favoritas.


Habíamos organizado los tres días que quedaban de estancia en la isla en tres bloques: norte, sur y centro. El día anterior conocimos el sur. Aunque teníamos pensado regresar para disfrutar de playas alucinantes en la zona de Jandía y Costa Calma, como Sotavento, recordamos los "infinitos" kilómetros que nos separaban de allí y los mareos de la niña. Por ello descartamos volver al sur. Así, quedaban dos opciones y tres largos días. 

Al levantarnos tras un sueño reconfortante, profundo y largo, hicimos unas compras, desayunamos en casa y a media mañana, guía de viajes casera en ristre, nos dirigimos hacia el interior. La ruta propuesta era: Antigua- Mirador de Morro Velosa - Betancuria - Pájara - Ajuy.



Antigua era una de las zonas más pobladas de la isla antes de la conquista y tras la llegada de los castellanos pasó a ser un importante caserío y sede del partido Judicial (1834). Nos encantó la Iglesia de Nuestra Señora. Menos mal que existe la invulnerabilidad de las iglesias para que degustemos pretéritos sabores de lugares como éste.

Más nos gustó el Mirador, con unas vistas panorámicas increíbles. Allí pasamos un buen rato, sin prisas, respirando aire puro y contemplando el paisaje: 360 grados de belleza.

  



Betancuria es una belleza. Esta antigua capital de la isla ha sido restaurada con gusto y cuenta con rincones exquisitos, como la Iglesia de Santa María. Nos encantó pasear por las calles de esta pequeña población que se recorre en poco tiempo incluso explorando perdidos rincones.


   

Tras recorrer sus calles nos detuvimos en un bar con buena pinta, el Bodegón Don Carmelo, para tomar cerveza y zumo, pero no nos convencieron las tapas. La peque disfrutó durante un rato en un parque y, cuando el estómago comenzaba a protestar, nos marchamos a Pájara. Breve paseíto y bar detectado: restaurante "La Fonda", junto a la iglesia. Pedimos "ropavieja", que no habíamos probado todavía, "carne compuesta" y queso majorero, acompañados de una buena cerveza “Tropical” y un refresquito para nuestra peque. 



Nos dirigimos después hacia la costa de Pájara para darnos un baño y pasear por los acantilados hasta llegar a unas Cuevas del pueblo pequero de Ajuy y sus hornos de cal en el acantilado. A sendos lugares se accede por un camino bien adecuado para todos los viandantes que parte desde la misma playa, y que no llevará más de media hora.






Magnífico atardecer el que nos depararon los acantilados. Nos íbamos de allí con algo de cansancio: nuestros cuerpos reclamaban cafeína y la niña reclamaba un prometido helado de chocolate. Así que antes de subirnos al coche nos sentamos en una terracita, desde la que se podía ver el sol despidiéndose de nosotros, para abastecernos.

Por ser curiosos y ponernos a hacer comentarios sobre un póster con pescados de la zona ganamos una clase magistral por parte de un pescador acerca de su oficio. ¡Cuántos datos en unos minutos! Nos habló de las características de algunos peces y también del atún rojo de las costas gaditanas que los japoneses suelen comprar y de los "bicharracos" que han llegado a pescarse en aquellas aguas... Él afirmaba haber visto uno de 500 kilos. Sin duda, un rato muy agradable.

Reventados llegamos a casa. No hubo ganas de salir a cenar fuera y la comodidad del apartamento invitaba a quedarse, como también lo hacía la blandita cama con dosel que actuaba cual hechizo adormecedor. Ducha, cena y, feliz final, cama con dosel.

Al día siguiente tocaba ver el norte así que no lo dudamos, aunque esta vez la familia al completo necesitaba un día más relajado, sin tanto trajín. Tras nueve horas de sueño reparador desayunamos tranquilamente. Partimos hacia el norte y en menos de una hora nos pusimos en los Charcos de El Cotillo, un conjunto de calas sin oleaje encerradas en un laberinto de rocas sin fin.


Cuando llegamos a la zona del faro hacía mucho viento y había muchísimas algas, así que nos movimos de un “charco” a otro buscando arena más limpia y un lugar dónde resguardarnos.


Por fin aterrizamos en la Caleta del Marrajo. Una maravillosa mañana... Muy muy relajada... En la arena de la playa, entre los arbustos, había, como en muchas playas de esta isla ventosa, minirefugios hechos al modo de cabañas de piedra con planta circular sin techo donde tomar el sol o descansar sin apenas viento. 


Cuando llegó el hambre nos fuimos al pueblo a buscar un sitio que habíamos visto en Tripadvisor, El Roque de los Pescadores. La comida riquísima, el camarero encantador, un crack, sobre todo con la peque. Recomendamos todo lo que probamos incluyendo los exquisitos postres caseros: el pulpo, las papas con mojo picón, el queso majorero, el volcán de chocolate y el tiramisú.



Después de darnos un homenaje nos largamos a otra caleta encerrada entre rocas y nos hicimos, tras cierto asedio visual, con el control de uno de los pétreos búnkeres antiviento. Allí permanecimos hasta que atardeció. La marea bajaba y nos regalaba un singular paisaje, la tarde nos regalaba bellos momentos: las gaviotas se acercaban a las aguas bajas en busca de algún pececillo atrapado, padre e hija se zambullía en las cristalinas aguas, un mariscador cogía cangrejos y los metía en un cesto a la espalda, el sol nos decía adiós un día más... ¡Hora de marcharse! 




Cuando llegamos a casa era temprano, así que decidimos dar una vuelta por un ambientado centro comercial de Caleta de Fuste. De todas formas no pudimos quedarnos mucho tiempo, pues teníamos que preparar las maletas. La pequeña subió a un castillo hinchable en el que nadie controlaba el tiempo que saltaba, así que estuvo haciendo la cafre hasta que ya no pudo más: unos tres cuartos de hora.

El día siguiente comenzó con frío, nubes y una duda: ¿qué hacer ante borrascoso panorama? Resultaba poco atractiva la idea de hacer muchos kilómetros hasta Corralejo en busca de playas chulas y dunas. Además, el pronóstico del tiempo no anunciaba cambios. Con viento y nubarrones la mejor opción era, sin duda, el puerto de Caleta de Fuste, junto a casa. Y allí nos plantamos, ¡qué acierto! Nos dirigimos hacia el castillo, que está prácticamente incluido en un enorme resort Barceló, con cuyo tamaño alucinamos en colores: ¡aquello era como un pueblo!


Nuestra hija se divirtió mucho observando una ardilla que correteaba por las rocas junto al mar (¡búscala en la foto, entre rocas!), visitando un barco pirata rodeado de leones marinos y otros animales en recuperación y jugando en un parque infantil.

Fuimos a casa a comer e inmediatamente nos pusimos en marcha hacia el norte, a Corralejo, pues el tiempo, que según parece está un poco loco en estas islas, había mejorado considerablemente.  ¡Teníamos que ver esas dunas de las que nos había hablado una amiga! Además, en nuestra guía de la isla habíamos incluido algunas playas por la zona como el Charco de Bristol o la playa de El Burro, donde fuimos a parar finalmente y donde construimos un bello castillo, con muro y cuatro torres perimetrales. Luego, antes de regresar a casa, hicimos una excursión por las dunas y lo pasamos genial lanzándonos desde estas cuesta abajo, corriendo por la arena pura, como unos días antes en Maspalomas. También hicimos muchas fotos del bellísimo paisaje desértico y de sus plantas únicas.



Era nuestro último día en Fuerteventura y lo aprovechamos muy bien, volvimos al apartamento para cenar y disfrutar de nuestra mágica cama con dosel, a veces compartida con la niña, sus "barbies" y otros cacharritos suyos. Nos quedaba por delante un viernes santo ajetreado con otro ferry y otro posible mareo de la niña.

Despertador, rumbo al norte, soltar el coche en la oficina de Cicar del muelle de Corralejo, comprar los tickets para el ferry a Playa Blanca (Lanzarote)… Un poco de stress era inevitable. Pero sarna con gusto, dicen, no pica.





lunes, 11 de mayo de 2015

Comenzando por el final... Semana Santa en Islas Canarias. Gran Canaria

Tras organizar el viaje solo nos quedaba esperar un poco hasta las vacaciones de Semana Santa. Los días pasaron rápidamente y una alarma en el móvil nos recordó que debíamos hacer el check-in online e imprimir las tarjetas de embarque.

Esto es muy importante. Compañías como Ryanair pueden castigarte (creo que más de 60€, no lo sé exactamente) si no llevas impresas las tarjetas de embarque al aeropuerto. Actualmente puedes llevarlas en papel o incluso en el mismo móvil. Otro asunto importante es el relativo al peso de las maletas. Normalmente nos dejan llevar una maleta de mano (equipaje de cabina) con un máximo de 10 kg. (aunque casi nunca pesan estas maletas, pues se fijan más en el volumen). Si se facturan maletas, el peso de estas depende de la empresa. Con Ryanair, por ejemplo, tienes 15 o 20 kg, según lo que estés dispuesto a pagar. Conviene saber que un menor paga menos por sus maletas facturadas, siempre que un adulto que lo acompañe facture una (¡Mucho mejor así!). Con Vueling, sin embargo, tienes 23 kg. He de decir que mis maletas cargadas de ropa para vivir varios meses en el extranjero jamás han superado ese peso.

Con tarjetas de embarque, maletas, documentación personal, nuestra guía de viaje personalizada (siempre hacemos una, currada durante meses) y un largo etcétera nos fuimos al aeropuerto, con tiempo de sobra “por si una rueda pinchase” (esta prudencia es aprendida de uno de nuestros padres). Esta vez no teníamos dudas respecto a qué hacer con el coche. Hace unos meses descartamos coger un taxi por el precio ida-vuelta y decidimos dejar el coche en un parking de los alrededores del aeropuerto. Esta vez decidimos repetir con la empresa low-cost Aerópolis, pues nos gustó mucho por su puntualidad al recoger y devolver el coche. Así que no tuvimos que movernos del aeropuerto. Recogieron el coche a la hora acordada y lo devolvieron puntualmente con limpieza exterior. Sin duda repetiremos cada vez que volemos desde este aeropuerto.

Hay que tener cuidado con estas empresas de parking, pues no todas son fiables. En el aeropuerto de Málaga la empresa que elegimos en una ocasión (volando a Wroclaw, Polonia) nos devolvió el coche casi sin gasolina. Es decir, habían utilizado nuestro coche para trasladar clientes, suponemos. Nuestro error estuvo en no anotar los kilómetros. Pero de estos fallos aprendemos, por suerte. Aerópolis en Sevilla, sin embargo, si anota los kilómetros y los daños del vehículo y esto se firma en un documento cuando te recogen el coche en el aeropuerto.

Teníamos tiempo de sobra para desayunar. Normalmente no encontramos tostadas buenas y baratas en los aeropuertos, así que nos lanzamos a por cafés (para la peque leche con chocolate) con brownies. Tras coger fuerzas, sobre todo sabiendo que en el avión el precio de las comidas o bebidas es más elevado, fuimos a la puerta que nos correspondía y nos topamos con los jugadores de la selección de Ucrania, que volvían a casa con una derrota ante España. No les hicimos fotos, pues más de uno estaba muy malhumorado y no por la derrota, sino porque su bus hacia el avión no estaba preparado y los de Ryanair (nosotros) pasamos por delante de ellos y puntuales. Por una vez, nuestra puerta de embarque estaba muy cerca del puesto de control, así que no tuvimos que echar la carrerita habitual hasta el otro extremo del aeropuerto. Ryanair nos sorprendió, sinceramente. La verdad es que podríamos escribir alguna interesante monografía sobre nuestros vuelos y experiencias en aeropuertos con Ryanair, como "la pesadilla de Treviso", en Venecia.

En el vuelo todo se dio con normalidad. En el último vuelo (París, en navidad) una mujer protestó porque la tablet de nuestra hija hacía un poco de ruido. No tenía razón y la azafata, justamente, no se la dio, por lo que fue objeto de una duro ataque de amor propio desaforado y maleducado. Algunas personas en torno a nosotros le recriminaron su actitud hasta que accedió a cambiar de asiento... ¡Ea! Nosotros permanecimos calladitos.

La llegada a Gran Canaria fue fantástica. Desde la ventanilla veíamos, en la nublada lejanía, el Teide. El cielo, despejado… o no.

En cuanto bajamos del avión en torno a las 13 horas y recogimos las maletas fuimos a buscar la ventanilla de Auto Reisen para recoger el coche. Habíamos reservado un Citroën C3 o similar y finalmente nos dieron un Toyota Yaris dotado, por supuesto, con un elevador para la peque (aunque llevábamos uno inflable en la maleta). Como tenía arañazos en la pintura sacamos unas fotos por si las moscas…

No había tiempo que perder. Pese al hambre teníamos planeada una primera visita antes del almuerzo: el bufadero de La Garita en Telde. Tan solo nos separaban de allí unos 10 kilómetros por la GC1 hacia el norte. Fue en esta primera ruta donde nos sorprendimos con el tiempo atmosférico canario. Cuando aterrizamos hacía una mañana soleada, pero a medida que nos acercábamos al norte las nubes se multiplicaban.

Tras dar mil vueltas, culpa de la falta de señalización y de un navegador-smartphone mareado, logramos aparcar y visitamos el bufadero con un tiempo fabuloso. Aclarar, para los no iniciados, que un bufadero es un fenómeno producido por las olas al irrumpir en el interior de una gruta formada en un acantilado, de modo que el agua es impulsada y pulverizada a través de una chimenea emitiendo un sonido peculiar.
 

El hambre y la hora indicaban la urgencia del almuerzo: como no nos apetecía marearnos y ya era tarde nos metimos en el primer McDonald’s que vimos. Llegaron más nubes y comenzó a llover. Nos dimos cuenta de que la gente que entraba a comer llegaba muy abrigada, no como nosotros. Sudaderas, chaquetones y ¡botas polares! Nos extrañó mucho, pues media hora antes estábamos en La Garita tomando el sol en un banco junto al mar y la temperatura no era para ponerte un anorak... La sensación térmica es subjetiva y tiene peculiaridades regionales, pensamos.

En fin, nos subimos al coche y, meteorológicamente esperanzados, nos dirigimos al sur por la misma CG1 camino de Maspalomas. ¿Estaría soleado o estaría lloviendo y con 12 grados? La intriga no duró mucho, pues en unos veinte minutos nos pusimos en el sur de la isla y... ¡Sorpresa! ¡Un día espectacular! ¡Y qué temperatura! Parecía imposible encontrar un tiempo atmosférico así a tan pocos kilómetros de un norte que parecía Mordor.

La entrada en la zona nos recordó mucho a Islantilla o Marbella: infinidad de tiendas de marca, restaurantes medium y high cost, todo muy bien preparado para un turismo de alto standing... Lo comprobamos, además, con algunos precios, pues necesitábamos urgentemente un anti-náuseas y un bikini para la niña (el suyo se quedó atrás en un lapsus). Al final, tras muchas vueltas por el centro comercial que hay junto al faro, encontramos uno por menos de 15 € que no era una maravilla pero cumplía su cometido. No obstante, luego vimos que la playa sí que era adecuada a todos los públicos y que había una línea de tiendecillas y pequeños restaurantes más económicos metidos en la misma arena, por lo que antes de pisarla hicimos una parada obligatoria en una de estas tiendecillas de juguetes de playa: ella no podía quedarse sin un cubo con pala y rastrillo de la peli “Frozen”. 

Pasamos el tiempo relajadamente sobre la cálida arena de Maspalomas y al atardecer decidimos pasear desde donde estábamos, cerca del faro, hasta las dunas a través de un camino junto a una laguna salobre, testigo de las antiguas marismas de Maspalomas que fueron tristemente destruidas por la urbanización masiva... No es éste, como todos sabemos, un ejemplo aislado de la barbarie humana en este sentido. El paseo se convirtió muy pronto en una carrera y, finalmente, en el temerario juego de "sube a una duna y lánzate a toda velocidad cuesta abajo mientras tus piernas dan zancadas extrañas a toda velocidad y de una forma totalmente independiente de tu propia voluntad"... ¡Lo pasamos pipa en las dunas! Por cierto, el atardecer en la laguna, precioso. Como si del Nilo se tratase.

   
   

De regreso al coche aprovechamos para hacer unas fotos al faro. Había una luz especial. Qué maravilla. Nos hubiera encantado poder relajarnos junto al mar, cenar allí mismo y dormir plácidamente escuchando las olas. 


Sin embargo teníamos que darnos prisa para llegar, antes de que oscureciese, a nuestro hotel en las cercanías de Fátaga, que se encontraba a unos veinte minutos a través de una CG60 extremadamente sinuosa.

¡Qué preciosidad! La oscuridad de la noche no pudo evitar que admirásemos la belleza del lugar. Imaginad: una finca rústica enclavada entre espectaculares montañas, con flores, arbustos y árboles frutales por todas partes… y ese infinito cielo estrellado. Los dueños de la “Finca de Tomás y Puri” nos dieron la bienvenida y, tras dejar nuestras pertenencias en nuestro apartamento –muy acogedor, por cierto-, nos fuimos a comer. Nos dimos un buen homenaje a base de exquisita comida canaria y un rico caldo de la tierra.

   
   

Al día siguiente, Domingo de Ramos, desayunamos en la terraza de la finca con las con unas vistas preciosas del rocoso valle que penetra la isla desde Maspalomas hacia Fátaga y más allá. Una vez satisfechos nuestros estómagos y nuestros espíritus, no tuvimos más remedio que despedirnos de los dueños y prácticamente prometer que volveríamos con más tiempo… ¡Nos encantaría! Además, tienen una nieta de la edad de nuestra hija. Lo hubieran pasado genial si hubieran coincidido. Si vais por allí, ¡ojo!, quedaos más de un día: no os arrepentiréis.

En realidad, los paisajes de los que disfrutamos en las siguientes horas nos hicieron darnos cuenta de que nos habíamos enamorado de la isla. ¡Y solo nos quedaba un día de disfrute! Bueno, estamos a menos de dos horas de vuelo… Genial en este sentido.

Se nos fue el santo al cielo y el sol ya estaba bien alto cuando nos pusimos rumbo al centro de la isla. La peque tomó su jarabe antivómito para evitar, como pone en el envase, el "mal del transporte" (curioso mal). No sabíamos si el tiempo se mantendría soleado o si, una vez más, nos toparíamos con las nubes. Habíamos leído que en las montañas del centro suele hacer fresco y a veces está nublado, incluso con mucha niebla. Desde luego no divisábamos ninguna nube en kilómetros… pero tras la experiencia del día anterior, ¿quién estaba tranquilo?

Pasamos el pueblo de Fátaga y continuamos hacia el norte. Nuestro destino era Roque Nublo a través de una carretera con mil curvas, de ahí el mencionado jarabe para la niña. Además de playa nos apetecía hacer senderismo, y como teníamos ocho días de islas con playas por delante…

Nuestro Toyota Yaris de alquiler se las vio negras para subir hasta el punto de donde parte el sendero a pie hacia el Roque Nublo, curva tras curva, cuesta tras cuesta, paredón volcánico tras barranco para matarse, florecilla espinosa tras planta endémica... Finalmente llegamos, y el remedio contra el mal probó su eficacia.

El parking, en medio de la nada, estaba dotado de unas vistas excepcionales. Las montañas, el mar de nubes y, sobre ellas, el Teide. Desde allí partía un sendero con mucho encanto hacia nuestro objetivo.

El sendero tiene 2 km. de subida, con un desnivel de unos 160 metros. Desde el parking hasta la base del Roque, yendo con una niña de seis años, se podría tardar en ascender una hora. Lo sabíamos por blogs de viaje… y comprobamos que no era nuestro caso. Nuestra peque es dura pero requiere descansos continuos. El verano pasado en Kotor (Montenegro) logró subir más de 1000 escalones hasta la fortaleza, pero tuvimos que parar mucho. Normal, ¡es muy peque! 

Estábamos tan maravillados que el señor Fog (quien firma estas bitácoras junto con su señora) dejó luego escrito en nuestro diario de viaje lo que sigue:
"mi espíritu se regocija en estos entornos prístinos: si mi vida hubiera ido por otros derroteros hubiera acabado viviendo en armonía con la naturaleza en la Cala de San Pedro (Cabo de Gata) o corriendo montes como esos flipados del running rústico".
Además, no podíamos avanzar sin observar el maravilloso paisaje, grabarlo en la retina y en la cámara de fotos y echar unos tragos de agua. La cámara no descansaba: plantas endémicas, gigantescas crestas volcánicas, un laguito artificial, las nubes de formas caprichosas bajo nosotros, la apabullante vista del Teide nevado, la sorprendente vista del Roque tras una curva en el camino... Teníamos la sensación de estar en uno de esos lugares "llenos de ser".

  

Mientras tanto, el sol apretaba y bien. Menos mal que nos habíamos untado protector solar. ¿Dónde estaban las nubes y el fresquito de los que hablaban en foros y blogs?

   

Por fin, tras una interminable pero placentera caminata, llegamos a los pies del Roque Nublo. Allí encontramos un grupo de excursionistas alemanes que descansaban. Tras una pausa reconfortante y un millón de fotos decidimos regresar. Habíamos tardado unas dos horas en subir y esperábamos bajar en menos de una hora.  


Descendimos muy deprisa, pese al dolor de pies de la peque, pensando en el almuerzo. ¿Dónde íbamos a comer a esas horas? Estaría todo cerrado, o no. Sabíamos por nuestra guía personalizada que había buenos lugares para comer en la zona, pero el horario era un problema ahora. Además, al norte nos esperaban muchas más curvas y la carretera iba a ser estrecha y sin quitamiedos, con barrancos, por lo que no podíamos ir con prisas. Para la chica, otro chute de anti náuseas. 

Lo más cercano era el bonito pueblo de Tejeda, con varios restaurantes recomendados en la zona, como “Let Me Take U” (a priori, según las guías consultadas, fino y sofisticado), la “Casa del Caminero” (también sofisticado por su su decoración y tapas) y el “Asador Grill de Yolanda” (especializado en carnazas y comida de pueblo, contundente). Pasadas las tres nos daba igual donde comer y lo primero que vimos fue la “Casa del Caminero”. ¡Bravo! Una mesa libre en la terraza, ¡y con preciosas vistas! El sitio resultó ser auténtico, con un interior decorado de forma exquisita (arte, mobiliario industrial y detalles rústicos) el camarero muy simpático y la comida rica y a base de buen producto canario, así que lo recomendamos. Dejaremos nuestra impresión en 11870.

     

Después de disfrutar de un agradable almuerzo y un merecido descanso teníamos que continuar hacia el norte. Próximo destino: Teror, pueblo que conserva en algunas de sus calles el aroma de la época de conquista con sus coloridas fachadas, bellos balcones y blasones pétreos. Un buen ejemplo es la colorida calle Real de la Plaza, repleta de casas señoriales con fachadas de dos tipos: aquellas que poseen balcones tradicionales de madera con techumbre con teja se encuentran en la misma acera, mientras que en la de enfrente las fachadas lucen balcones de piedra colada con forja de hierro, más modernistas.

Por segunda vez nos sorprendió el cambio brutal en el tiempo atmosférico. A medida que nos acercábamos al norte y descendíamos de las montañas la temperatura bajaba, hasta el punto de que llegamos a tener frío. Así, pasamos en un rato de las tirantas a las chaquetas. Otra cosa que nos llamó mucho la atención fueron las nubes. Ese mar de nubes que había bajo nosotros, cuando estábamos en las montañas, ahora se veía cercano, cada vez más. Al llegar a Teror no se veía el sol e incluso lloviznaba. Estábamos inmersos en el mar de nubes…

Por otra parte, la carretera hasta allí, no apta para personas de náusea fácil, volvía a mostrarnos la extraña y exuberante belleza natural del interior de una isla abrupta, de orografía salvaje.

Por fin aparcamos y nos dirigimos hacia la bonita plaza de la basílica de la Virgen del Pino, atravesando la calle Real (¡no hace falta un plano urbano!). Entramos en la basílica y vimos unos pasos de Semana Santa preparados para salir en procesión –aunque parece ser que no en Domingo de Ramos-. Llegamos tarde al mercadillo dominical, que es uno de los mercadillos ambulantes más antiguos de la isla (al parecer tiene dos siglos de historia).

   
   

Tras una merendola en una cafetería de la plaza decidimos regresar al coche y continuar. Estaba previsto devolver el coche en el aeropuerto y coger un bus hasta el norte de Las Palmas, donde teníamos reservado el Hotel Pujol, que nos resultaba perfecto por su ubicación, confort y precio. 

Habíamos planeado visitar La Vegueta antes de dejar el coche si teníamos tiempo… pero éste no era nuestro caso: había que devolverlo antes de las 19,30 y el tiempo volaba. Tras un pequeño debate, para evitar a la niña el jaleo de ir al aeropuerto a dejar el coche y coger un bus (2,95€) o un taxi (35€) con las maletas a cuestas decidimos pasar por el hotel para que uno de nosotros se quedara con las maletas y la niña haciendo check-in, mientras el otro devolvía el coche y regresaba en bus. Nos organizamos muy bien y antes de las nueve ya estábamos duchaditos y callejeando por la ciudad.

Habíamos pensado tomar cervezas y cenar en un irlandés cercano al hotel Pujol (donde nos alojábamos), pero vimos que estaba vacío y que el ambiente era oscuro, extraño y decadente (vamos a omitir el nombre mejor), así que lo repensamos. Terminamos cenando alitas de pollo en un Burger King en un paseo marítimo de la playa de las Canteras bastante ambientado a pesar del fresquito que hacía. De todos modos nos fuimos a dormir bien temprano, pues a primera hora de la mañana debíamos coger el ferry Fred Olsen a Morro Jable (Fuerteventura). Así terminaba nuestra aventura de dos días en Gran Canarias. Nos quedamos con ganas de más, desde luego, pero aprovechamos muchísimo el tiempo. Y, por supuesto, tenemos claro que volveremos a esta isla para descubrir otros muchos de sus hermosos rincones.


                                                  Ir al periplo de Fuerteventura



domingo, 3 de mayo de 2015

Comenzando por el final... Semana Santa en Islas Canarias. Los preparativos.

En este primer post vamos a relatar el más reciente de nuestros viajes.
Meses atrás, durante el frío invierno, pensábamos en un destino que nos fuese desconocido, pero que no estuviese muy "al norte" de... ¿qué se yo?, por ejemplo del paralelo 40. No teníamos nada claro, salvo que queríamos calorcito. Además, nuestra hija, harta de pasar frío, nos animó a elegir un destino con playas. Pero claro, en esas fechas (marzo-abril) el tiempo no suele ser el más adecuado para ir a bañarse. Había que pensar... Y pensamos. Nos acordamos de unas playas más o menos cercanas "donde siempre es verano" (es lo que contamos a la pequeña) y nos pusimos manos a la obra. ¡Afortunadas, allá vamos!

En primer lugar había que elegir qué islas de las Canarias visitar en una semana aproximadamente. Dado que conocíamos Tenerife y que buscábamos calor y playas, nos decantamos por las islas orientales, por estar más cerca de África (y su clima): Gran Canaria, Fuerteventura y Lanzarote. Sin embargo consideramos que había mucho que ver en las tres islas y que, para visitarlas con prisa, era preferible elegir dos. Ahí quedó la cosa...

En segundo lugar había que buscar vuelos. Para comenzar, consultamos Google Flights y vimos qué opciones teníamos, atendiendo a las fechas, que en este caso eran muy concretas. No había opción de elegir otra semana, obviamente por motivos laborales. El buscador de vuelos nos sugirió Ryanair y Vueling para volar a cualquiera de las tres islas desde Málaga o Sevilla (donde están los aeropuertos más cercanos a casa), pero había un problema con Fuerteventura: ¡vuelos carísimos! Así que había que elegir entre varias opciones:
a) Volar a Lanzarote y cruzar en ferry a Fuerteventura (con billete de vuelta)
b) Volar a Gran Canaria y cruzar en ferry a Fuerteventura (con billete de vuelta)
c) ¡Gracias, neuronas! Volar a Gran Canaria (¡vuelos baratísimos!), cruzar en ferry a Fuerteventura y posteriormente a Lanzarote y volar desde allí a casa (¡otro chollo!).

Una vez elegida la fabulosa opción c), había que estudiar seriamente la relación fechas/precios. Tras mucho indagar nos convenció una fecha de ida, pero no había una vuelta ideal para una semana más tarde. Así que, o comprábamos billetes de vuelta no tan baratos como pretendíamos, o buscábamos una vuelta algo posterior... concretamente tres días más tarde de lo previsto. La elección era clara. Teníamos vuelos separados por 10 días: ida a Gran Canaria y vuelta desde Lanzarote. Era hora de buscar dónde alojarnos todas esas noches. Uff, ¡qué pereza!

Ese fue el tercer paso en la organización de este periplo. Comenzamos analizando hoteles y leyendo críticas tanto en Booking como en Tripadvisor, que son nuestros buscadores favoritos. A su vez echamos un vistazo a algunas casitas en Windu y Homeaway. Así pasamos casi un mes, pero mereció la pena el trabajo de investigación, pues encontramos maravillas.
Pero antes de elegir había que tramar un plan: qué ver en cada isla y cuántos días dedicar a cada una. Planear estas cosas es fundamental al organizar un viaje por libre. Hay que tener muy en cuenta qué hay que ver (o se quiere ver) en cada lugar. Nosotros teníamos claro que queríamos centrarnos en Fuerteventura y Lanzarote, porque buscábamos playa, mucha playa... y paisajes volcánicos, por supuesto.
Tras examinar muchos blogs de viajes y páginas web sobre turismo en las Afortunadas decidimos organizar el viaje así:
-Gran Canaria: dos días (y dos noches), dos hoteles.
-Fuerteventura: cuatro días (y cuatro noches), una casa.
-Lanzarote: cuatro días (y cuatro noches), una casa.

-¡Ya está todo listo! -eso creíamos... No, para nada. Faltaban detalles, sin contar con el "qué ver". Teníamos que alquilar coches (uno para cada isla o uno para toda la estancia, con posibilidad de cruzar con él en ferry de una isla a otra), conociendo previamente el horario de los ferrys. Otra tarea pesada: ver horarios de ferrys y elegirlos. Así, en función de nuestra elección, cogeríamos coche en uno u otro punto.
Analizamos diversas compañías de rent a car y, por supuesto, las críticas, pues no íbamos a alquilar un coche a una empresa poco fiable. Y además vimos que era más conveniente coger tres coches diferentes, uno en cada isla. Para Gran Canaria nos decantamos por Auto Reisen, y para las otras dos islas, por Cicar. Así quedó el plan:
-día 1: recogida de coche en aeropuerto de Las Palmas (devolución el día 2 en el mismo lugar)
-día 3: ferry Las Palmas-Morro Jable y recogida de coche en el puerto
-día 6: devolución de coche en Corralejo, ferry Corralejo-Playa Blanca y recogida de coche en el puerto.
-día 10: devolución de coche en el aeropuerto de Lanzarote

Por fin estaba todo organizado. Nos faltaba una guía de viaje de cosecha propia, con todos estos detalles y una lista organizada de cosas que pretendíamos ver.
Estas guías caseras requieren mucho esfuerzo. Horas y horas examinando blogs y páginas web sobre viajes. En este caso partimos de Tripadvisor y Minube (para una introducción) y continuamos con la web de Turismo de Canarias, Lonely Planet e infinidad de blogs... Así, durante algo más de un mes (en ratos libres) fuimos creando una guía de viaje muy personal, que es la base de la bitácora de nuestra aventura.
¡Hasta pronto!

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