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miércoles, 14 de diciembre de 2016

Mercadillos navideños en Bélgica I: Bruselas

La Navidad es muy especial para los niños y para los que ya no son tan niños, pues siempre, a todas las edades, hay circunstancias especiales en este tiempo que nos hacen disfrutar de una u otra forma. Para celebrar de la mejor manera estas fechas hace dos años preparamos un viaje sorpresa a París y Disneyland para nuestra peque y lo pasamos pipa los tres, visitando preciosos rincones de una ciudad que ya conocemos bien (fundamentalmente por haber vivido allí unos meses) y dedicando especial atención al mercado navideño de los Campos Elíseos. Por supuesto que disfrutamos mucho en Disneyland, pero la experiencia del mercadillo parisino nos gustó y se nos ocurrió plantear un viaje de auténticos "mercadillos navideños" para el año siguiente. Y así fue...

Después de indagar un poco sobre el ambiente navideño en determinadas ciudades alemanas, francesas, suizas y belgas, terminamos eligiendo Bélgica. Ya habíamos hablado de este destino años atrás, para ir en Navidad, primavera o verano, pero finalmente nos decantábamos por otros... Y la verdad es que el tema de las especialidades belgas como el chocolate o la cerveza tiraban fuerte... Además, los vuelos estaban muy bien de precio y encontramos buenas conexiones con Málaga o Sevilla.

Así fuimos esbozando en principio el plan de viaje: viendo vuelos. Una vez más comenzamos echando un vistazo a Google Flights para ver aeropuertos, horarios y precios. Precisamente pensamos que los precios relativamente reducidos estaban relacionados con los rumores que había sobre Bruselas tras los recientes atentados terroristas en París. Sin embargo, y como siempre hacemos, compramos los vuelos a través de las páginas web de cada aerolínea. En este caso elegimos por horario, precio y aeropuerto de destino estos dos trayectos de Vueling:

-Málaga - Bruselas (Zaventem): 15:15 - 18:00.
-Bruselas (Zaventem) - Málaga: 7:00 - 9:40.

En Málaga, como en otras ocasiones, dejamos el coche en el parking SP, muy fiable. Destacamos esta fiabilidad no en balde, pues en cierta ocasión nos dejaron el depósito a 0 en otro parking malagueño, probablemente por usar nuestro coche para llevar a clientes al aeropuerto o recogerlos. El servicio es rápido y además te llevan al aeropuerto y te recogen a la vuelta. Mola!

Bueno, la salida del vuelo fue puntual. Hasta ahora hemos tenido mucha suerte con este asunto y no hemos tenido que esperar más de media hora a pesar de que solemos volar con aerolíneas low-cost. Como llegamos con tiempo comimos unas hamburguesas antes de la salida (¡nos encanta comer en el aeropuerto!) y al rato estábamos en la cola del embarque. Tres horas después bajábamos del avión. ¡Otro país para añadir a la lista de visitados! Para nuestra peque suponía el país número 19 y para sus papis el número 24... ¡No está nada mal!).


Al llegar a Zaventem y tras recoger el equipaje buscamos los trenes y cogimos uno en dirección a Bruxelles Midi (Brussel Zuid), pues queda muy cerca del hotel que habíamos cogido en el barrio de St. Gilles: el B&B Aquarelle. Llegamos en unos 20 minutos a la estación y luego caminamos unos 15 minutos para conocer el barrio. Si hubiera llovido habríamos cogido un taxi, pero estábamos muy cerca y había un bonito castillo iluminado en Porte de Hal con focos de colores. ¡Qué noveleros! Aunque no conservamos fotos del mismo iluminado.

La llegada al hotel se vio envuelta en un halo de misterio. Nos costó dar con él, pese a que lo teníamos delante. Y es que parecía una mansión embrujada desde fuera. ¡Perfecto! Y, aunque no era un cinco estrellas, la habitación no podía ser más acogedora y calentita, y tenía unas vidrieras super chulas. ¡Ah! Y una habitación propia para la niña. Guay.


Soltamos las maletas, descansamos y nos fuimos a dar una vuelta en busca de cervezas. Pero no encontramos sitios donde tomar algo. Todo vacío. ¡Horror! Anda que igual que en Sevilla o nuestro pueblo, donde siempre hay al menos algún bar con ambiente. Pues aquí todo estaba muy triste y en silencio. Qué rollo, pensamos. Esperábamos de corazón que el día siguiente cambiara nuestra opinión sobre la ciudad. ¿Acaso habíamos cogido un hotel muy alejado del centro y el jaleo?

En fin, lo único que se nos ocurrió fue callejear hasta encontrar un sitio donde cenar. Y así nos topamos con el letrero de "Hector Chicken", una cadena de restaurantes take-away de pollo frito. Y de postre, ¿qué mejor que una selección variopinta de exquisitas cervezas belgas bien frías? Había de todo tipo en una tienda de chinos situada en la esquina frente al hotel.


Pues eso. Paseíto nocturno, pollo frito, atracón de cervezas, ducha y a la cama, que nos esperaba un día largo de callejeo por la ciudad.

 

Al día siguiente nos levantamos y bajamos a desayunar llenos de curiosidad por ver qué nos pondrían. Sorpresa. Una sola mesa para todos los huéspedes. No nos gusta eso. No queremos desayunar pegados codo con codo a un extraño o que éste nos mire frente a frente cómo masticamos. Sí es verdad que el desayuno estaba rico y era variado.

Terminamos rápido y nos lanzamos a patear la ciudad. En primer lugar fuimos hacia Porte de Hal para encarrilar la Rue Blaes, topándonos a los pocos minutos con el mercadillo de segunda mano y antigüedades de Les Marolles. No compramos nada porque una discusión entre viandantes se elevó de tono y parecía derivar hacia pelea, así que huimos. Continuamos nuestra ruta girando a la derecha hasta llegar a la Rue Haute y, más adelante, a la Rue des Minimes. Allí encontramos el Museo Judío, donde hubo un atentado terrorista en 2014. Sabiendo esto no nos asombramos al ver a dos militares con metralletas en la entrada del mismo. Veíamos por vez primera en Bélgica una estampa que se repetiría en muchos lugares públicos debido a los recientes atentados.

Cuando nos dimos cuenta estábamos en la Place de Petit Sablon, donde nos encontramos con una hermosa fuente presidida por las estatuas de los condes de Egmont y Hoorn. Al parecer estas estatuas estuvieron en un principio en la Grand Place, donde fueron decapitados (1568) por orden del Duque de Alba, pues habían sido acusados de impulsar un levantamiento contra el gobierno de Felipe II de España: eran rebeldes ante la supuesta tiranía de nuestro país. A pesar de rememorar episodio tan turbulento, la verdad es que la plaza es un lugar alejado del bullicio del turismo y bastante bonito, ideal para hacer una pequeña parada o comer algún dulce de los comercios cercanos.


Habíamos llegado, sin darnos cuenta, al Palacio Real, aunque tiene poco que ver desde fuera.

El palacio no es usado como residencia real, ya que el Rey y su familia viven en el Castillo Real de Laeken, en las afueras de Bruselas. No obstante el Rey sí cumple sus funciones de Jefe de Estado en este Palacio Real de construcción relativamente reciente (siglo XIX).

Estuvimos merodeando por los alrededores, explicando un poco sobre aquello a la peque, y decidimos continuar el paseíto hacia las Galerías Reales de Saint Hubert, repletas de chocolaterías.

Este detalle era importante porque pretendíamos comprar para nosotros y para regalar a la familia, todos muy aficionados al chocolate de cualquier forma o color.

El camino hasta las galerías nos gustó mucho. Nos topamos con el Mont des Arts, un bonito mirador desde el que se puede contemplar la Grand Place y la torre del ayuntamiento, la catedral... Está rodeado de museos como el de Magritte o el de Instrumentos Musicales. En otra ocasión quizá los visitemos. ¡No teníamos tiempo! pero bueno, siempre hay que dejar algo pendiente para volver con ganas.

Continuamos por la Rue de la Madeleine y así llegamos a una placita con encanto, Agoraplein, donde descansamos un rato. Está ubicada entre la Rue de la Montagne y la Rue du Marché aux Herbes y destacan en ella tanto el intenso trasiego de personas, turistas y "autóctonos", como las tiendas de chocolate y souvenirs, por lo que puede ser una buena ocasión para adquirir algunos. Desde luego, nuestro objetivo estaba en el chocolate de las galerías y estábamos a dos minutos a pie. ¡Así que nada de mirar escaparates! Cuatro pasos y llegamos.


Estas galerías fueron las primeras comerciales de Europa (1837). Además, son de las más elegantes, y ello se debe en parte a la enorme cúpula de cristal que las cubre. Es grande la impresión al entrar a las galerías por su iluminación, decoración, equilibrio y belleza en todos los sentidos... Adultos y niños quedarán alucinados.


En ellas se distinguen tres zonas que son como tres tramos casi idénticos separados por un arco: la Galería de la Reina, la Galería del Rey y la Galería de los Príncipes. Todas ellas están repletas de tiendas cuyos escaparates están diseñados para atraernos como estuviéramos hipnotizados. Es que hay escaparates y escaparates.... Y estos son alucinantes, al menos en época navideña. ¿Quién se resiste a entrar en una tiendecilla de chocolates belgas con un escaparate como este? Una vez entras vez bombones y chocolates de todas las formas, combinados con todos los ingredientes y presentados de las más bellas formas. El precio, eso sí, no debe asustarnos: os ponemos sobre aviso que estas chocolaterías no son low cost.


Finalmente el marketing cumplió su función y pillamos chocolates para nosotros y los abuelos. ¡Riquísimos!

Pero no todo es chocolate en las galerías. También hay joyerías, cafeterías, restaurantes, tiendas de alta costura, tiendas de antigüedades... incluso un cine y un teatro. Merece mucho la pena esta visita. A nosotros, como ya habréis comprendido, nos encantó.

Como había hambre y probablemente las cocinas de toda la ciudad habían cerrado tras una breve búsqueda terminamos en el Pizza Hut del Boulevard Anspach.


De postre o merienda sabíamos lo que queríamos. Cerca de allí estaba la cervecería Delirium Café, otro must en nuestra visita a la capital belga. Un pequeño paseo y allí nos plantamos. Por un momento temimos que no impidieran pasar con la niña (como nos ha sucedido en muchas ocasiones, sobre todo en algunas ciudades escocesas como Edimburgo) pero afortunadamente no fue así.


Llegamos y bajamos al sótano, que estaba prácticamente vacío, disponible para nosotros, y es que era mala hora. Para nosotros era buenísima hora, pues pretendíamos pasar buena parte de la tarde degustando los exquisitos zumos de cebada y trigo. Elegimos una mesa en un rincón magnífico, en la penumbra, desde donde podíamos admirar la totalidad del antro, profusamente decorado en una especie de horror vacui con bandejas y platos pintados de múltiples colores con los logotipos de marcas de cerveza de todo el mundo. En fin, nos pusimos manos a la obra con la carta: había que elegir dos cervezas para empezar de entre las 2400 disponibles. Difícil tarea.


En serio, ¿2400 cervezas? ¿En qué bodega puede guardarse tal tesoro? Pues en este templo, sin duda. La carta que aparece en la foto sobre estas líneas es la carta completa del Delirium, la carta de abajo es la carta reducida, más asequible para gente poco docta como nosotros.


Un cuarto de hora más tarde teníamos las dos primeras candidatas: una Carolus Golden y una Delirium Tremens. Excelente elección. ¡Exquisitas!


Entre la sed (menuda caminata) y las ansias por probar todo (Ja Ja!) no tardamos mucho en pedir otras dos: una Kapittel y, por supuesto, una Chimay. Hmm! ¡Benditos monjes trapistas!


Resulta curioso que al volver a casa tras el viaje nos hemos aficionado a comprar cervezas extranjeras, especialmente belgas, con sus copas a juego. ¡Cómo mola! Pero apenas tenemos sitio disponible ya para coleccionarlas. ¡Pronto habrá que buscar una buena alacena!

Nos hubiéramos quedado hasta bien tarde allí catando cervezas, pero la niña ya estaba harta de jugar a los juegos de la tablet y del móvil y se había acabado su zumo ya hacía tiempo... Así que muy tristes y algo mareados nos despedimos de aquel maravilloso refugio prometiendo regresar algún día. De todos modos no era tan malo lo que nos esperaba. Teníamos toda la tarde libre para disfrutar de los mercadillos y atracciones navideñas que adornaban todo el centro urbano, llamado también Plaisirs d'hiver, pues para eso estábamos allí.

El mercadillo se extiende prácticamente desde la Grand Place a la plaza de Sainte Catherine, aunque es aquí donde se acumulan centenares de casetas en las que se vende de todo. Por supuesto, no faltan los puestos de chocolate. ¡Yuju! Pero lo más llamativo para nosotros y nuestra nena fueron un precioso tiovivo como salido de otra época y la enorme noria desde la que vimos toda la ciudad. Bueno, más o menos.



Resulta que no amortizamos demasiado los 10 pavos que pagamos cada uno, pues justo antes de subir nos dimos cuenta de que no teníamos encima la cámara de fotos. Ataque de nervios. Y Bruselas preciosa de noche desde allí arriba. Qué mezcla de sentimientos. Pena, alegría y enfado brutal. ¿Quién llevaba la cámara? ¿Dónde nos la habíamos dejado? ¿En la cervecería? ¿En la pizzería? ¡¿Dónde?! Mientras tanto, decidimos enviar un par de mensajes via email y Facebook a la cervecería, por si daban con el dichoso aparato. Además llamamos por teléfono, pero nadie contestó.


En fin, hicimos alguna foto con el móvil, bajamos tras dos o tres vueltas bien lentas (y eternas) y nos lanzamos a la carrera (literalmente) hasta llegar sin aliento y sin esperanza alguna al Delirium. Habían pasado casi tres horas. ¿En serio iba a estar allí la cámara? Bueno, si no buscábamos no tendríamos oportunidades de encontrarla, así que por probar... Y así nos dirigimos al sótano, que estaba lleno. No cabía un alma y menos en la barra, donde luchamos por abrir un espacio hasta poder hablar con un barman. Le preguntamos si habían encontrado una cámara de fotos unas horas atrás, en una funda y tal... Nada de nada. Le preguntamos a otro compañero y nos respondió lo mismo después de buscar un poco por la barra. El bajón fue tremendo, pero aún quedaba un último cartucho: nuestra mesa. Nos dirigimos hasta ella y la encontramos ocupada por unos chavales que negaron haber visto una bolsa negra con una cámara. Pero antes de abandonar, rendidos, nos dio por mirar bajo la mesa. ¡Bingo! ¡Allí estaba esperándonos! Y es que la oscuridad del local que nos hizo olvidarla allí también contribuyó a que nadie se percatara de que estaba allí mismo. ¡Subidón! Y para celebrarlo, a la Grand Place a ver más Navidad. ¡Qué bien!


Nos quedaba ya poco que ver en la ciudad. Además, queríamos cenar en una taberna chulísima junto al hotel y antes nos apetecía una buena ducha. Pero no podíamos abandonar la ciudad sin ver al niño meón, el Manneken Pis.

Callejeamos hasta encontrarlo, siempre luchando contra hordas de turistas como nosotros y autóctonos. Y finalmente, decepción total: un meoncete poco diferente a los que tenemos en España y que suelen pasar desapercibidos.

Luego nos topamos con otro meoncete que encontramos en una heladería aledaña. Además, cayó un gofre. Qué maravilla.

De camino al hotel, por la Rue Blaes, nos detuvimos en un bar con muy buena pinta, Pin Pon, justo frente al mercadillo que habíamos visitado por la mañana.



Por fin un descanso en el hotel, una ducha y a cenar en el ansiado restaurante especializado en carnes (la noche anterior no habíamos encontrado mesa libre): La Braise. Oscurita y con un embriagador olor a buena carne de producción ecológica, como anunciaba el letrero en la entrada. Era la mejor opción para despedirnos de la capital, carne y vino a la luz de las velas, en la penumbra. Y de postre, un poco de chocolate en el hotel. Misión cumplida: un día ajetreado pero lleno de emociones, placeres y conocimiento.


Destrozados, nos fuimos a dormir y lo hicimos con pleno gozo del sueño. A la mañana siguiente, sumamente reconfortados por el masaje de Morfeo y las abundantes viandas de un buen desayuno, nos dirigimos de nuevo a pie hasta la Gare du Midi donde habríamos de coger nuestro tren hacia  la bella Gante, ciudad que nos acogería durante los próximos días y que nos cautivó sin duda alguna, pero sobre eso os contaremos próximamente.

¡Saludos!

               Ir al periplo de Gante                                         




martes, 26 de abril de 2016

4 días en la marmórea isla de Paros

Llegar a la isla de Paros resultó ser una odisea. Nos encantó el puerto de Katapola en Amorgos, si bien guardamos un recuerdo agridulce del mismo debido a la inexistencia de ferry con el que marchar sede la isla. Insistimos, con Sea Jets, si es posible, nunca más. Anunciar y vender un ferry que sólo existe para otros días de la semana es, cuando menos, raro, raro, raro... ¿no les parece?

Como narramos en el periplo anterior, tras una larga mañana de espera y paseos en el puerto de Katapola cogimos un ferry hacia la isla de Paros. Tras cambiar de ferry en Naxos llegamos, ya a media tarde, al puerto de Parikia, donde nos esperaba nuestro casero, Hervé, previamente informado sobre el inesperado retraso. Pues bien, nuestro simpático anfitrión nos recogió y nos llevó a la coqueta casita que sería nuestro hogar durante tres días.

Nos parecía mentira estar en casa, por fin, descansando tras un día tan largo y agotador, pero como había que llenar el frigorífico era preciso salir a comprar algo... Pues eso, unas comprillas, un paseo por el puerto y a disfrutar de la casa y de su relajante terracita con vistas a un huertecillo, donde desayunamos tras una larga noche de descanso.

¡Pilas cargadas! No podíamos perder tiempo, pues ya habíamos desperdiciado casi un día entero por culpa de Seajets. Sin demora nos largamos al centro de la ciudad dispuestos a callejear y explorar todos los rincones que nos interesaban hasta caer exhaustos. Bueno, al menos hasta que Valeria exigiera su siempre merecido descanso.


Un paseíto a través de algunas calles y en apenas cinco minutos estábamos en el casco histórico. Nuestra primera parada fue la iglesia paleocristiana de Panagia Ekatontapiliani (Virgen o Iglesia de las Cien Puertas), fundada (eso dicen) por santa Helena, la madre del emperador Constantino, en 326 d. C., cuando se dirigía en peregrinación a Tierra Santa con el objeto de encontrar la cruz de Cristo.

Existen leyendas en torno a las "cien puertas". Una de ellas viene a decir que se han encontrado 99 puertas y el día en que alguien encuentre la que hace 100 Estambul será de nuevo griega. Otra leyenda cuenta que el edificio fue construido por un discípulo del arquitecto de Santa Sofía y que cuando el maestro vio su perfección la envidia le llevó a pedir a su discípulo que subiera a lo más alto de la iglesia de cien puertas para empujarle al vacío, pero el discípulo agarró al maestro en la caída, precipitándose y muriendo ambos; en la misma puerta donde cayeron se dice que esculpieron sus dos figuras, aunque más bien parece tratarse de dos sátiros. Leyendas...

Nos encantaron especialmente la capilla principal y el baptisterio en forma de cruz. Un viaje a otra época, sin duda.




Después callejeamos hasta que encontramos el Castillo Franco o veneciano, erigido en 1260 por el duque veneciano Marco Sanudo aprovechando los vestigios de edificios antiguos que se encontraban allí mismo, como el templo jónico de Atenea del siglo V a. C. Continuamos con el callejeo, asombrados aún tras días en las Cícladas por el blanco en que se pintan las juntas del pavimento. Embelesados por lo amable de callejones y gentes, nos topamos con una tienda en la que todo estaba fabricado con madera de olivo... ¡Gracias Atenea por tan preciado presente! Allí nos hicimos con el souvenir que queríamos... ¡un backgammon!
     




Para comer elegimos nuestra casa pues, de camino, había que coger bikinis y bañadores para pasar una relajada tarde en la playa, allí mismo... Livadia. Esta playa, pegada al puerto y al centro de Parikia, no es de las mejores de la isla pero sus aguas están muy limpias, tiene arena fina y algunas piedras y, eso sí, unos servicios muy buenos, pues está adornada con diversas tiendas y restaurantes.

Para celebrar nuestro primer día de playa en la isla planeamos cenar pronto en un bar que descubrimos entre olivos y otros árboles, sobre la arena, llamado Ephessus. Muy buena pinta y un menú magnífico. Así que bien temprano, antes de las 8, ya estábamos cerveza en ristre, disfrutando de un atardecer precioso a la luz de las velas. Las mesas y sillas se repartían por la orilla y sus patas casi se sumergían en el vaivén de las espumosas aguas someras. Los faroles tiritaban, El ocaso ardía. El mástil de los barcos se mecía al ritmo de una canción universal. Todo era mágico...






Tarde perfecta. Solo faltaba una ducha y dar una vuelta por el centro de Parikia de noche... Y así hicimos. Habíamos leído buenas críticas sobre el Pirate Bar, un local para tomar una cerveza o una copa en pleno casco histórico, y allá que fuimos, previa parada en un parque infantil. Unas cervecitas en la terraza (es decir, en plena calle) y un ambiente estupendo. La peque cayó rendida. Era hora de volver a casa, pues nos esperaba un día intenso de tour por la isla, así que nos fuimos a dormir y de veras que lo hicimos a pierna suelta.





Éste era nuestro segundo día en la isla y debíamos sacarle el máximo jugo. Elegimos una ruta por el centro y sur de la isla, donde nos decantamos por algunos enclaves destacados. Tanto en nuestra ruta de hoy como en la del día siguiente, programada para conocer la zona norte, habíamos elegido algunos lugares. En este sentido, está bien dejar algunas cosas sin ver, pues así puedes tener un buen motivo para regresar a sitios que nos han marcado... Aunque para repetir en estos sitios tampoco hace falta dejarte algo atrás.

Alquilamos un Kia Picanto en Athina rent a car, ubicado junto a la playa pero algo alejado del puerto, por lo que el coste era algo menor. Pocos minutos después de salir de Parikia nos encontramos con las famosas canteras de mármol, cerca de Marathi. Intentamos acceder pero el camino a pie y el posterior acceso no eran recomendables para nuestra pequeña y ya habíamos visitado canteras en Naxos. 


Además, teníamos una larga ruta por delante que incluía muchas paradas, por lo que decidimos ojear la mina desde abajo y seguir con nuestro camino.

El mármol blanco semitranslúcido de la isla de Paros fue utilizado en la elaboración de obras maestras del arte como la Venus de Milo, la Victoria de Samotracia o el Hermes de Praxíteles. También fue empleado en la construcción del Panteón de Napoléon en los Inválidos de París.



Continuamos hacia la bella y genuina Lefkes, pueblecito blanco que nos encantó y que con sus escasos 500 habitantes se mantiene alejado del turismo masivo, hecho que precisamente ha favorecido la conservación de su autenticidad. Así que éramos prácticamente los únicos visitantes en aquel mediodía caluroso de julio. Nos encantó pasear por sus calles repletas de casas blancas primero cuesta abajo desde el parking del pueblo hasta llegar a la marmórea iglesia de Agia Triada (Santísima Trinidad) y cuesta arriba posteriormente, ya buscando el coche. La iglesia, por cierto, a pesar de las múltiples indicaciones, no tiene nada de bizantina, pues es una construcción moderna.




Continuamos por la misma carretera Parikia - Piso Lavadi hasta legar al monasterio de Agios Anthonios en Marpissa, junto al mar. La subida nos impresionó, pues el camino de tierra por el que se accede tiene unas curvas muy cerradas, pero mereció la pena. En caso de contar con más tiempo es preferible un sendero a pie que sube hasta arriba y cuyo ascenso debe llevar unos 30 minutos.





Las vistas y el edificio nos gustaron muchísimo, pero hubo algo más que realmente nos sorprendió y dejó boquiabiertos... ¡Un monje, que por cierto daba un aire a Pavarotti, cantando! Nos quedamos mudos. La niña alucinaba como nosotros. El lugar y las circunstancias no podían ser más espectaculares.


Cuando el monje bajó nos dio una calurosa bienvenida con loukoumi (lokum en turco), que ya habíamos probado en Amorgos, mientras visitábamos el interior del edificio, del que nos llamaron la atención sus pinturas, algo descuidadas.



Antes de abandonar el lugar nuestra hija quiso encender una vela. Este ritual suyo comenzó aquí, en las Cícladas, para convertirse en constumbre, de forma que cada vez que visita una iglesia o catedral nos pide una moneda como limosna para poder hacerlo... Es especial.

Al salir del monasterio volvimos a fijarnos en las increíbles vistas. Al norte, Molos. Al sur, Piso Livadi. Difícil decisión, pero como nos quedaba un largo día por delante... ¿por qué no darse un chapuzón en Molos para después buscar un chiringuito o algo parecido allí o más al sur?

Y allá que fuimos, a la playa de Molos, preciosa, amplia y de arena fina. Recomiendan ir cuando no haya viento y nosotros pudimos comprobar lo adecuado de esta recomendación, pues este día era ventoso y, a pesar de la belleza de la playa, era algo incómodo el constante zumbido del viento.



No encontramos bares interesantes, aunque sí una escuela de surf, que de nada nos servía al menos en esta ocasión. Con los chapuzones llegó el hambre. Entre ésto, el viento que no amainaba y que no llevábamos sombrilla decidimos largarnos. Era el momento de ver en Tripadvisor dónde comer por la zona. Elegimos continuar hacia Marpissa y Piso Livadi porque había más opciones...


En Tripadvisor vimos que el número 1 en la zona era la taberna de Anna & Giorgos. No sabríamos determinar si realmente es el mejor porque no tenemos elementos de comparación, pero desde luego nos alegramos muchísimo de haber ido a parar a ese lugar apartado de las carreteras principales y de la civilización, pues el restaurante era precioso y la comida no podía estar más rica.

¡Todo exquisito! Especialmente las keftedes (albóndigas fritas) de calabacín o pepino. Para beber unas Mythos muy fresquitas y para acompañar un pan rústico tostado con aceite y hierbas... Mmmmmm.

Con el estómago bien lleno era el momento ideal de buscar una buena playa para echar una siesta. Elegimos Farangas y descubrimos un pub a pie de playa que nos transportó a Ibiza por unos momentos. Entre chapuzones, chill-out y house pasamos la tarde. La ubicación de Farangas era perfecta para que el viento predominante aquel día ni siquiera se notara. Baño, mil fotos, un café... Relax total. Maravillosa tarde.




En la zona sur de la isla hay otras playas interesantes como Drios o Alyki. No pudimos visitarlas todas, así que si volvemos a la isla ya sabemos dónde ir en primer lugar.

Una vez más aprovechamos la noche en Paros con un paseo, bien lento y disfrutado, por el centro. Pero teníamos pendiente un madrugón para visitar el norte de la isla y decidimos no entretenernos demasiado. Nos esperaba un pueblo precioso, Naoussa, y una playa paradisíaca de aguas transparentes, arena fina y grandes rocas claras, Kolymbithres.


En primer lugar visitamos Naoussa. Se trata de un pueblo muy turístico que cuenta con una zona portuaria antigua muy bonita. Es lo que más nos gustó. El callejeo resultó igualmente una maravilla. Al parecer la Naoussa nocturna es especialmente bella y aquí se concentran algunos locales tipo discoteca y gran parte de la "marcha" en la isla.








La playa de Kolimbithres, en el otro extremo de la hermosa bahía que corona Naoussa, nos enamoró. Aguas cristalinas, arena fina, rocas de sinuosos y caprichosos perfiles que salpicaban la orilla... aunque poco sitio para establecer asentamiento. No había dónde colocar las toallas, así que optamos por dejarlas en una gran roca al borde del agua. De todos modos no tuvimos tiempo de descansar tomando el sol. Había mucha playa y roca que examinar. Fotos mil. Tarde perfecta, hasta la noche. De hecho, nos fuimos los últimos.






Al caer la tarde decidimos volver a Naoussa para tomar algo y poder deleitarnos con su ambiente nocturno. Y así, de esta forma, tomando una cerveza en una de las múltiples terrazas que adornan sus estrechas y concurridas calles, nos despedimos del pueblo y de la isla. 



Encantados, nos fuimos a preparar las maletas y a descansar, pues al día siguiente a las 11 y 25 de la mañana salía nuestro ferry hacia la isla de Mykonos, la última de nuestro periplo cicládico, única isla junto a Santorini que visitábamos por segunda vez. Pero... oh no! Sea Jets otra vez! Nos temblaban las piernas ante el peligro. Si no hubiéramos tenido los tickets comprados hubiéramos optado por Hellenic o Blue Star. Seguro.

A pesar de nuestros temores, el ferry llegó a tiempo y todo fluyó sin ningún problema: a mediodía y sin mucho retraso estábamos llegando a la "isla del viento", pero eso es otro capítulo de nuestro periplo, otro capítulo que será narrado en otras páginas. ¡Hasta pronto!